Diversas manifestaciones públicas en el país adquirieron visos históricos de relevancia, comenzando por el 25 de Mayo de 1810, con los criollos en la calle y adentro, los convocados por el Cabildo Abierto, encargados de decidir los destinos de la patria. Le siguieron las luchas civiles entre 1814 y 1880, extendiéndose hasta el territorio uruguayo.
Acercándonos a nuestra provincia de Santa Fe y a nuestros intereses como habitantes de la llanura recordemos el Grito de Alcorta, en 1912, durante la presidencia de Roque Sáenz Peña. Representaba la rebelión del sur de nuestra provincia pero terminó extendiéndose por toda la región pampeana.
¿Qué marcó esta manifestación? La penetración de los chacareros, conformados especialmente por inmigrantes de la vieja Europa –italianos y españoles en su mayoría-, quienes irrumpieron, allá por el siglo XX en la política nacional. Surgiría luego de este movimiento la Federación Agraria Argentina.
Consta en la historia: “La cultura trabajadora del inmigrante europeo hizo que la tierra produjera mucho más, convirtiendo a la Argentina en el «granero del mundo». Al seguir la propiedad en manos de pocos, se profundizó la brecha económica entre los terratenientes, similar a la de las clases altas europeas, y los inmigrantes que trabajaban esas tierras”. Problema de diferencias establecidas sobre la base del esfuerzo laboral de las víctimas de una explotación y la cantidad de propiedades en escasas manos.
En 1853 surgiría nuestra Constitución Nacional y el preámbulo marca nuestros pasos, nuestro destino a cumplir como patriotas. “Nos, los representantes del pueblo de la Nación Argentina…” Los reunidos para redactar la Carta Magna, nuestra Ley de Leyes llamada Constitución, se declaran nuestros “representantes”; los allí reunidos son nuestras voces, nuestros ideales, nuestras necesidades y libertades.
Porque como pueblo les hemos otorgado esa representación, como cuando elegimos ahora diputados y senadores para el recinto de las cámaras que componen el Congreso, órgano legislativo de la nación. Un voto de confianza, con la certidumbre y la convicción que desde sus bancas sabrán defender nuestros intereses y necesidades. Son nuestras voces, como si allí estuviéramos trazando los destinos del suelo donde hemos nacido.
¿Ocurre realmente así? ¿O sobre el camino se tuercen las intenciones y los deberes asumidos al jurar y asumir cada mandato? O tal vez la actuación de nuestros representantes interviene como una verdadera caja de Pandora, un mítico recipiente de la mitología griega, tomado de la historia de Pandora, quien recibiera como regalo de bodas una tinaja que abrió con curiosidad femenina y de allí escaparon todos los males del mundo, quedando solo en el fondo la esperanza.
Cuando escuchamos actualmente cómo se consiguen los votos para sumar adhesiones y votar una ley estamos frente a una mítica caja de Pandora. Afuera, la gente se manifiesta como lo hiciera en Mayo de 1810 y en tantas otras oportunidades. Le queda ese derecho: exteriorizar, decir, protestar, soñar, formar parte del clamor y los gritos de Argentina.
Que se reediten Mayo de 1810, Alcorta, 1853, todas las circunstancias que son hitos en la historia nacional. Que el pueblo deje de sentirse vulnerable, frágil, desairado, dependerá de que se concrete el cumplimiento de una esperanza, único don depositado en el fondo de la caja de Pandora.


