Todos en la escuela

Foto: Internet.

Con motivo de celebrarse el 24 de enero el Día internacional de la Educación, Audrey Azoulay, directora general de la UNESCO, entre otras cosas, dijo: “En esta época excepcional, no podemos seguir haciendo lo mismo de siempre. Si queremos transformar el futuro, si queremos cambiar el rumbo, debemos repensar la educación […] Tenemos que reparar las injusticias del pasado y orientar la transformación digital hacia la inclusión y la equidad…”.

Proponer la transformación educativa es un objetivo muy comprometido, pero razonable y estimulante para quienes entendemos la necesidad urgente de cumplir con “todos en la escuela”. Si de reparar la injusticia se trata, la dirección camina hacia la inclusión; concretamente se trata de buscar a todos los chicos y jóvenes que se quedaron atrás, identificarlos y devolverlos al trayecto abandonado. No se trata de repetir lo hecho, sino de seguir por el camino interrumpido por factores sociales y agravados por la pandemia.

Juan Amos Comenio (1592 – 1670) teólogo, filósofo y pedagogo, nacido en la república Checa, convencido del importante papel de la educación en el desarrollo del hombre, dio vida a la obra Didáctica Magna. En ella señala cuál es su concepto de la enseñanza que se resume en una frase: «Enseña todo a todos».  Pocas palabras para tanto contenido. Hoy hay que agregarle: «Rescata al que quedó en el camino y desde ahí ayúdalo a remontar».

Muchos siglos separan esta frase del presente, sin embargo, es necesario volver a ponerla en diálogo. Los motivos que llevan a redireccionar la educación tienen sus causales en la pobreza, en la falta de oportunidades, en la marginalidad, las guerras, las enfermedades, confrontaciones sociales, etc.

El joven o niño que no se educa es un problema para la sociedad porque nadie gana si otro pierde. Estar al margen de la educación en estos tiempos es una tragedia. El abismo que separa a los alfabetizados en todo tipo de lenguajes, con el resto es demasiado bochornoso y es sobre todo una injusticia. Relativizar y condenar no son actitudes para resolver este problema.

La pandemia ha hecho su trabajo: desnudó lo que ocurría y ahora, toca “tapar la vergüenza”. Todo tiene un tiempo y este es el momento de eludir discusiones inútiles. Pongamos a los chicos dentro del aula y recuperemos su trayectoria. Se trata de educar para la paz, para la buena convivencia, para la integridad personal y la inclusión social.

Debatir si es bueno o no que repitan los grados, no es lo que hoy preocupa. En circunstancias extremas donde el chico o el joven, no asiste a un colegio, lo primordial es la presencia, el vínculo retomado de docente y alumno, las miradas encontradas para el desafío de enseñar y aprender en el trayecto interrumpido.

Los docentes siempre están bien dispuestos a dar lo mejor de cada uno. Ahora deben reformular algunos conceptos respecto a la evaluación, pero saben cómo hacerlo. Me atrevo a decir que necesitan recursos humanos dentro de las aulas (menos alumnos por maestros o auxiliares permanentes).

Bien dijo la directora general de la UNESCO: «… no hay que seguir haciendo lo mismo de siempre.” Es casi una obviedad en el mundo que nos toca vivir. Un niño o joven está fuera de la escuela y aunque parezca mentira, necesitamos acudir a Comenio: “Enseña todo a todos”.

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