Aplaudir con los pies

“La casa de Bernarda Alba”. Obra que había terminado de escribir Federico García Lorca cuando lo fusilaron (Foto: Javier del Real).

Cuenta Eduardo Galeano en su libro “Bocas del tiempo”, para referirse a la muerte absurda de Federico García Lorca (1898-1936) poeta español, que, teatreros uruguayos (uno de ellos, China Zorrilla), llevaron a Madrid una obra del poeta asesinado por la dictadura de Franco. Al terminar el espectáculo, los asistentes no aplaudieron, en cambio se pusieron a patear el suelo. Los actores se asustaron mucho, pero enseguida empezaron las ovaciones largas y agradecidas. Galeano considera que: “Quizás aquel primer aplauso con los pies, aquel trueno sobre la tierra, había sido para el autor. Para el autor, fusilado por rojo, por marica, por raro. Quizás había sido una manera de decirle: para que sepas, Federico, lo vivo que estás”.

En España gobernaba el general Francisco Franco, quien impuso una dictadura desde 1936 hasta 1975, cuando asesinaron a Federico García Lorca, el 19 de agosto de ese año. El informe elaborado por la policía del régimen franquista, conocido en 1965, decía que Federico García Lorca “fue asesinado por “socialista y masón”, a la vez que se le atribuían prácticas de homosexualismo.

La suerte de uno de los poetas más sensibles de España no estuvo ajena a la política del momento. Librepensador, crítico de las injusticias sociales, de mente abierta, reacio a rendir culto a poderosos, no era bien visto por conservadores y fascistas. Lorca había terminado un drama cuyo tema central era la libertad, al sexismo en la sociedad española y la pasión reprimida. Llevaba muy adelantada una comedia sobre temas políticos y estaba trabajando en una nueva obra sobre la niñez; temas que nunca serían aceptadas por conservadores, en ningún lugar del mundo.

Era perseguido permanentemente por su amistad con personajes socialistas, por sus críticas a los actos de gobierno, pero también por su permanente actitud de enfrentar los convencionalismos, de evitar sumarse al rebaño de la vida social española.

Suele ser común, que cuando alguien molesta a los poderosos de turno, queda expuesto a que le inventen una vida turbia, un pasado indecoroso o se entrometan en aspectos de su vida íntima, que en nada influyen sobre el destino de los pueblos. Las plumas que escriben sin presiones, denuncian hechos ocurridos, transparentan aquello que se oculta, abren los ojos a los ciudadanos. Esa audacia produce fastidio, irrita a los gobernantes acostumbrados al elogio fácil.

Mientras el mundo entero admiraba a Federico como “el Homero español”, medios nacionales lanzaban el rumor de que mantenía relaciones homosexuales con los componentes del teatro estudiantil. Las revistas adeptas al gobierno vociferaban contra de sus obras expuestas en teatros. Lo llegaron a acusar de marxista judío, de llevar una vida inmoral y corromper campesinos. Su fusilamiento sin sentido llevó a la pregunta: ¿Por qué mataron a García Lorca? Alguien respondió: “Porque hizo más daño con la pluma que con un revólver”. Fue ejecutado como un enemigo al régimen, siendo un señor de las letras, poeta, dramaturgo, escritor fino y portador de un talento único.

En nuestro país los intelectuales no estuvieron exentos de semejante atrocidad. Nombro entre tantos, a un cantor muy querido por el pueblo: Jorge Cafrune.

Fundamentalistas, hijos de la dictadura militar, en el año 1978, dieron orden de muerte porque lo consideraban comunista y por cantar “Luna cautiva” y “Zamba de mi esperanza”, dos temas que habían sido censurados. Cualquiera hoy podría pensar que solo un demente mandaría asesinar a una persona por cantar lo que quiere y pertenecer a una facción política, pero eso, vivimos en Argentina, tanto como en España.

Los españoles aplaudieron con los pies la obra del gran Lorca, para demostrar que estaba presente en el pueblo, en el arte y en el escenario. ¿Y los argentinos? Le debemos a Cafrune y a tantos otros que sufrieron exilio, tortura y muerte, un aplauso con los pies y las manos, una ovación para que no se asomen jamás las dictaduras.

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Griselda Bonafede

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