Con motivo de esta segunda gran guerra, inmediatamente de finalizada la misma, arribaron a nuestra patria muchos pensadores, profesores universitarios, técnicos y distinguidos profesionales. Uno de ellos, un italiano (del culto hebreo), destacado economista, doctor en materia financiera, preparó y produjo para el gobierno de la provincia de Buenos Aires un Código Fiscal Anual (con aditamentos de Ley Fiscal), que luego fue adoptado en iguales términos por la mayoría de nuestras provincias.
Surgieron, pues, nuevas cargas impositivas para los talleres, las fábricas y las casas de comercio (ingresos brutos, impuestos de sellos, etc.).
¿Cómo eran los hombres de aquellas épocas? Si hablamos de fines del siglo veinte, podemos afirmar que, con respecto a la actualidad, hubo un cambio bastante radical en los modos de vida, en los lazos de familia y en la coexistencia de la comunidad. Se destaca en general el sentido del deber y la responsabilidad individual como cualidades primordiales de la personalidad de cada hombre y de cada mujer. Se habla muy poco de la responsabilidad colectiva. Aún a los niños se les insistía en cumplir con el referente respeto a sus padres y, en general, a los mayores, en el cabal cumplimiento de las obligaciones que tenían que observar en la casa, en la escuela, en el templo y en la calle. Se insistía en que cada uno, con esfuerzo y honradez, era artífice de su propio destino. Como contracara de todo esto, había muy poca misericordia para el que fracasaba o le iba mal por contrastes ajenos a su voluntad. El que había sufrido un fiasco, el malogrado, frustrado, no podía esperar una ayuda adecuada por parte de lo que los rodeaban. El Estado se desentendía de tales miserias. De ahí que cada uno se las tenía que arreglar como pudiera para solucionar una situación triste, más aún si era responsable de una familia. Todo trabajo se consideraba digno, pero laborar desde la mañana temprano en tareas rudas y por una paga escasa significaba un tormento para el pobre de solemnidad.
Había trabajadores cuya labor era de especial rudeza, provocadora sin lugar a dudas de malestares físicos, de incapacidades y de envejecimiento prematuro, tales como la albañilería, la producción de mosaicos, la de ladrillos, la de emparvado a horquilla, las faenas portuarias, las de las casas de comercio en general se realizaban con mucho menos esfuerzo. Las tiendas, negocios de ropa y artículos para hombres contaban con empleados que se distinguían por su caballerosidad y trato esmerado. Su sentido de la urbanidad y las buenas maneras eran notorios. Cuando las grandes Tiendas Gath y Chavez, y la casa «Harrods» (cuya casa matriz estaba en Inglaterra) se afincaron en Buenos Aires, contaron con personal distinguido y con gracia social, cuyo trato y maneras delicadas agradaban realmente a los porteños y coincidían con la mercadería y los productos que vendían. Pronto los otros negocios grandes y pequeños, siguieron ese ejemplo y luego prosiguieron también todas las ciudades y aún poblaciones del interior del país.
Merece recordarse, asimismo, que hasta la década de 1940, los empleados bancarios se destacaban por su disciplina, seriedad en el trato y competencia. Las personas consideraban al Banco de la Nación Argentina tan seguro, poniéndolo a la altura del famoso Banco de Inglaterra. Los empleados de mayor jerarquía conocían palmariamente toda la organización, administración y funcionamiento de este gran Banco.
Las órdenes y mandatos que disponían para subordinados en casi todos los casos, se señalaban como correctos, coherentes y conciliables las normas bancarias, con la legislación general y el buen sentido común. No había huelgas ni paros, ni instancias, exigencias o reclamos enojosos.
El respeto jerárquico era proverbial. Luego, a partir del año 1946, las cosas cambiaron bastante. Los dirigentes gremiales mandaban tanto como los empleados de jerarquía superior. Después, a través de los años la labor y operatividad de los bancos se fue normalizando. En la actualidad existe tranquilidad y respeto mutuo.
En los talleres (metalúrgicos, mecánicos o de la madera) fue siempre y sigue siendo asunto y obra de hombres, casi exclusivamente de personal masculino, por la índole de las tareas que allí se realizaban.
Así, en las fábricas «Rotania y Cía.» y «Alasia Hnos.» la fabricación de las cosechadoras fue efectuada por hombres, todos fuertes y animosos, provistos de profunda responsabilidad personal y severo sentido del deber.

En las tareas del campo, en cambio, las mujeres trabajaban (y hoy lo hacen todavía) a la par de los hombres, el mismo tiempo que atendían el hogar cada una de ellas, los trescientos sesenta y cinco días del año.
Debemos señalar que los orígenes de la población de nuestra Argentina proviene de etnias de distintas procedencias. En efecto, a la primitiva población formada por blancos descendientes de los primeros españoles que llegaron a estas tierras, de mestizo e indio, que era una población pequeña, escasa para tan dilatado territorio, se fueron añadiendo grandes contingentes de inmigrantes provenientes de distintas naciones y países, que junto con la primitiva población criolla, formaron un crisol de razas que hoy constituyen el ser argentino. En el año 1856, se estableció en Santa Fe la primera colonia agrícola ganadera, que hoy es la airosa ciudad de Esperanza. Luego, se fundó San Carlos Centro y San Jerónimo Norte, ambas también en nuestra provincia de Santa Fe. Seguidamente, se establecieron nuevas localidades en todo el país, principalmente en la zona central. Esta inmigración se acrecentó aún más a partir del año setenta, en que finalizó la guerra con Paraguay y se dio fin al último caudillo beligerante del país. La más importante inmigración y la más sostenida (hasta la década de 1930) la constituyeron los italianos y los españoles. En efecto, grandes contingentes de trabajadores italianos venían a la Argentina para levantar las cosechas. Una parte de ellos volvían a Italia, llevando dinero para sus familias; muchos se quedaban definitivamente en nuestro país, especialmente los jóvenes. Lo propio ocurría con los que tenían un oficio (zapateros, sastres, peluqueros, obreros metalúrgicos, mecánicos, los tenedores de libros, etc.). Particularmente, los obreros metalúrgicos, mecánicos y los tenedores de libros encontraban prontamente trabajo, aunque las jornadas diarias eran de sol a sol y el único día de descanso era el domingo, se los pagaba bien para esa época y contaban con el beneficio de la permanencia, no por el imperio de ninguna ley sino por la necesidad.
Asimismo, un considerable número de inmigrantes españoles, arribaron a nuestro suelo, trabajaron, formaron familias y fueron unos de los constituyentes básicos.
La mayoría de los inmigrantes italianos provenían del Piamonte, la Lombardía, el Véneto, la Liguria y las Marcas (regiones del norte) y de Sicilia, Calabria y Campania (del sur). Precisamente, en la provincia de Santa Fe, en el este y sur de la provincia de Córdoba y el norte de la provincia de Buenos Aires se asentaron multitudes de familias piamontesas. Sus descendientes en esa gran zona se cuentan entre cientos de miles, formando una clase económica media y alta, próspera, progresista, desde donde brotaron excelentes profesionales (médicos, abogados, ingenieros, arquitectos, etc.), muchos de ellos considerados como eminentes en todo el país.
La mayoría de los inmigrantes españoles provenían de las regiones de Galicia, Asturias, Vasconia (aunque los vacos siempre se consideraron una etnia distinta al resto de los españoles), Cataluña y Valencia. Durante mucho tiempo se decía que en la ciudad de Buenos Aires residían más gallegos que en cualquier ciudad (aún la más grande) de Galicia.
El aporte humano itálico y el hispano, junto con el poblamiento primitivo, formaron pues, la naturaleza esencial, la índole general del «homo argentinensis», que fue asimismo complementado aunque minoritariamente, con allegados de otras nacionalidades, como importantes aportes de suizos, franceses, sirio-libaneses, alemanes y otros más.
En esos tiempos se daba como regla general, tanto entre españoles como italianos, la injusta y desagradable práctica en las familias de beneficiar más a los varones que a las mujeres. Aún en las herencias y los legados, la mayor parte la recibían los hijos varones. Había casos, muchos, en que las hijas mujeres percibían una menudencia. En España existió como norma legal la institución del mayorazgo, mediante el cual, al fallecimiento del padre, su casa, sus bienes, prerrogativas y título de nobleza (si había) pasaban «post-fato», sin discusión alguna, al hijo mayor varón; sin participación alguna de los otros descendientes. A veces, los «paterfamilias» poseían otros bienes que los repartían entre los hijos e hijas, siempre beneficiando más a los varones pero la casa solariega y el terreno rural que la rodeaba pasaba siempre a propiedad del mayor de los varones. Es que las tierras laborales eran de muy poca extensión y las subdivisiones por herencias sucesivas harían desaparecer la casa, el terreno contiguo y con ello, el apellido de su antiguo poseedor. Esa institución del mayorazgo que genialmente describiera el eximio escritor español de origen vasco, Pío Baroja, en sus novelas «La casa de Aizgorri» y el «Mayorazgo de Labraz», desapareció en el año 1942. No obstante, en términos generales, los inmigrantes españoles que llegaron a la Argentina después de esa fecha conservaban la tradición del mayorazgo, favoreciendo siempre a los varones en desmedro de las hijas o hermanas. Esto era injusto y desde luego irritante, y muchas veces, esa inequidad, esa arbitraria disposición, provocaba molestias, riñas y querellas en las familias que, lamentablemente, llevaban a la desunión de éstas y al rencor entre sus miembros. Algo similar ocurría con la familia de los italianos y conste que, en las tareas rurales sobre todo, las mujeres trabajan igual y a veces más que los hombres.

