Reinventar otra sociedad. ¿Podremos?

Los trágicos y dolorosos momentos ocurridos recientemente en la ciudad de San Cristóbal, en una institución escolar, nos han dejado a todos pasmados. La violencia desatada por un niño que termina con la vida de otro y lesiona a varios más ya no es una trama de película: es una realidad que golpea a la sociedad en su conjunto.

Desde ese día, doña Culpa anda buscando una espalda donde anclarse, pero es demasiado pesada para que la cargue solo una; deberán asociarse otras para sobrellevarla. La señora Culpa es rechazada de plano porque sostenerla implica reconocer que se han pasado por alto muchos llamados de atención visibles, dignos de consideración, o porque se han naturalizado ciertos modos de actuar dentro de las comunidades.

Cada uno elegirá a quién le echa la malvada Culpa al hombro, y esa decisión estará alimentada por lo que vio, lo que conoce, lo que concibe como cierto o lo que sus emociones le dicten. Hay tres buenos candidatos: la familia, la escuela y el sistema. Sin embargo, todos pertenecen a un mismo núcleo: una sociedad contaminada de violencia.

Vivimos en una comunidad cada vez más violenta, agresiva y poco empática. La sociedad global que nos contiene está atravesada por guerras, ataques entre naciones, amenazas de líderes, acuerdos para debilitar estados y mandatarios que, detrás de un atril, insultan y descalifican a opositores. Las pantallas se apresuran a mostrarlos y no faltan periodistas y seguidores que los aplauden.

Imagen: SunchalesHoy.

Quienes ostentan el poder muestran cómo se destruye a un enemigo, a un opositor o a quien piensa distinto. Las descalificaciones se dirigen a quienes reclaman, a quienes se oponen, a quienes ejercen sus derechos en una sociedad democrática.

Las pantallas, refugio de casi todo niño y adolescente, están plagadas de este flagelo: lenguaje vulgar, escenas perturbadoras y otras no menos inquietantes relacionadas con el sexo. Los chicos están expuestos a contenidos inapropiados que pueden afectar su desarrollo emocional, cognitivo y social. Sin embargo, las pantallas resultan atractivas y la adicción se apodera de los usuarios. Su uso parece incontrolable.

De algún modo, las pantallas se convierten en ayudantes de los padres, manteniendo a los chicos tranquilos en sus casas, mientras ellos se internan en los pasadizos secretos que les ofrecen las aplicaciones y los avances tecnológicos de los que son excelentes usuarios. No todos los padres conocen los males que puede acarrearles tantas horas frente a ellas. Al conocimiento deben seguir acuerdos familiares para poner límites, sobre todo cuando el niño distribuye su tiempo en dos hogares.

Todas estas manifestaciones entran a la escuela, otrora templo del saber, hoy transformada en caja de resonancia de una sociedad en crisis. La escuela, mirada con diferentes lentes, cumple funciones irrefutables:

  • Formación académica: proporciona conocimientos y habilidades en diversas disciplinas.
  • Socialización: fomenta la interacción y el desarrollo de habilidades sociales.
  • Formación ciudadana: prepara a los estudiantes para ser responsables y participativos en la sociedad.
  • Desarrollo de habilidades: enseña a comunicarse, pensar críticamente y resolver problemas.
  • Educación cultural: promueve la tolerancia, la igualdad y el respeto a los derechos humanos.

Estos atributos sostienen a la institución escolar, que lucha por mantenerse erguida ante los embates. De pie ante los ataques, sigue atenta y alerta, aun cuando los vientos la sacuden, porque una verdad resuena en la sociedad: no se ha encontrado nada que la reemplace, y prescindir de ella es una lejana utopía.

La escuela pertenece a un sistema que beneficia a las familias, cada una forma parte de una red enhebrada alrededor de un Estado que debe dotarla de herramientas suficientes para encarar los cambios del siglo XXI, garantizar recursos para su funcionamiento, la actualización docente y la inclusión de todos en el aula con currículos renovados. Sin embargo, esta exigencia es poco probable en un sistema piramidal, identificado desde hace años como pesado y lento, incapaz de producir transformaciones acordes a los tiempos.

Entonces, ante un hecho de tal envergadura ocurrido en la ciudad vecina, los tres vértices del triángulo —hogar, escuela y sistema— entran a crujir, y la Culpa rebota de espacio en espacio buscando dónde asirse. Pero no se trata de darle asiento.

En definitiva, la tragedia no puede quedar reducida a un juego de culpas que se lanzan de un hombro a otro. La violencia que irrumpe en nuestras aulas es el reflejo de un entramado social debilitado en valores, empatía y responsabilidad compartida. No basta con señalar a la familia, a la escuela o al sistema: todos somos parte de una misma trama que requiere reconstruirse. El desafío es inmenso, pero ineludible: recuperar la capacidad de diálogo, de escucha y de límites claros; rescatar la escuela como espacio de formación integral; fortalecer a las familias en su rol de contención; y exigir a los sistemas políticos y sociales respuestas acordes a los tiempos que vivimos.

Solo así podremos transformar el dolor en aprendizaje y la desesperanza en compromiso. Porque si algo nos deja esta herida, es la certeza de que la indiferencia ya no tiene lugar: somos protagonistas de un mundo difícil, cargado de presiones, pero también capaces de reinventarlo.

Griselda Bonafede

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