Lo llamarán Fundador
– Lo llamarán fundador, don Carlos.
– Estarán equivocados. Como agrimensor, yo sólo hice la mensura de las chacras y llevé los planos a Santa Fe.
– ¿Y antes de esta fecha?
– Antes, hubo otra historia.
– ¿Qué historia?
– Una muy interesante. ¡Ah!, tengo que dejar constancias, no debo olvidarme; voy a ver si lo escribo en un documento para que en el mañana pueda dar fe de lo que aquí sucedió.
– Los inmigrantes dicen que hay ruinas, allá por el oeste del ferrocarril, a escasa media legua. Hay ruinas, paredes derruidas de un mangrullo, paredes de casas que habitaron otras gentes. También dicen que existen pruebas de miserias y luchas… dos cañones herrumbrados en el suelo húmedo.
– ¡Y claro que así fue!
– Pero por qué se fueron los demás, ¿por un malón de indios o por la tierra ingrata?
– No lo creo. Ese pueblo grande, anterior, fue fundado por los Padres Jesuitas.
– ¡Los Jesuitas! ¿estuvieron acá? ¿Y Ud. cómo lo sabe, don Carlos?
– El viejito Funes, quien ha sido participante de una guarnición como soldado, cuenta que los indios venían de 50 a 100, armados solamente de lanza, arcos y flechas, pero primeramente eran los habitantes de este lugar. Cuenta que en el terreno llamado El Fortín, a dos km. Al oeste, estaba ese pueblo. Domiciliados en Santa Fe, los Jesuitas habían fundado este lugar, con indios en su mayoría del norte.
– ¿Un pueblo con indios?
– Así dicen. Tenían escuela, iglesia, con un marco en la entrada principal de tres metros de altura -como se vio entre las ruinas-. Se encontraron bases de casas que formaban calles enteras.
– ¿Calles enteras, Don Carlos?
– Como lo oye. Tal vez fue en el reinado del Virrey Marqués de Loreto -no se bien ese dato-, todos los alcaldes recibieron orden del gobierno en un escrito lacrado, con indicación en el sobre de leerlo a una hora de un cierto día.
– ¿Y eso por qué?
– Porque se decretó una fecha para la expulsión de los padres jesuitas del país y eso sí que se cumplió en forma estricta. ¡Vaya si se cumplió! La sanción de 1767 fue uno de los procedimientos más agresivos para restringir los privilegios eclesiásticos ante los tribunales civiles y limitar sus funciones legales.

– ¿Por eso fue?
– ¡Claro! Se dictó la expulsión de los jesuitas de todos los dominios de la corona de España, incluyendo los de Ultramar, lo que suponía un número cercano a los 6.000. Al mismo tiempo, se decretaba la incautación del valioso patrimonio que la Compañía de Jesús tenía en estos reinos.
– ¿Qué pasó entonces con el pueblo?
– Los nativos se retiraron hacia el norte y continuaron con sus costumbres antiguas. De vez en cuando hacían incursiones para robar.
– ¿Por eso el gobierno construyó los Fortines?
– Por eso mismo, para dominar a los indios. Cuentan que el Fortín de Los Sunchales se levantó en el mismo lugar donde estaba ese pueblo. Había un comandante y cincuenta soldados de Santa Fe, que se mudaban cada tres meses.
– ¿Y qué contó el viejito Funes de las luchas?
– ¡Ah!… Que no había perdón.
– ¡¿No había perdón?!
– El Fortín disponía de piezas de artillería y los indios sentían mucho respeto por los cañones. Cuando los veían escapaban.
– ¿Entonces para qué servían esas piezas?
– Para avisar. Avisaban a los Fortines de Morteros al oeste y al de Corrales al este.
– Claro, después llegó el ferrocarril, Don Carlos. ¿Qué pasó después?
– Los indios quedaron más al norte todavía y solo de vez en cuando robaban los caballos del agrimensor, Cayetano Livi, que hizo la subdivisión de la colina y el pueblo, pero como los peones estaban armados perseguían a los ladrones y recuperaban a todos los animales.
– ¿Siguieron viniendo los indios?
– No, después no.
– ¿Y qué va a hacer Ud.? ¿Va a dejar constancia de todos estos datos?
– Exactamente; en un documento escrito de mi archivo particular. Alguien habrá de leerlo algún día. Tal vez comience el año próximo, no sé en qué fecha, pero lo haré. Porque este dato no es solo de información oral.
– ¿No lo había pensado, Don Carlos? Puede ocurrir, que después de la salida de los Jesuitas, no quedaron testimonios oficiales, así que resulta difícil hallar estos datos a través de algún historiador. Ud. sabe cómo es eso, quieren borrar todas las huellas, principalmente si fue una expulsión.
– No importa; yo habré de cumplir con mi conciencia, anoticiando a los futuros descendientes de este pueblo. Mi archivo particular habrá de ser un documento.
– Mire don Carlos… que si no hay otros registros, no será muy creíble su versión, aunque tenga su firma.
– Mi deber es contarla por escrito, esto y muchos datos sobre los acontecimientos que nos tocan vivir.
– Y lo llamarán fundador, Don Carlos.
– Estarán equivocados.

