Pensar que “allá”, nunca me gustó empinar la botella y llevar ese fuerte contenido a mi boca… pero claro, los recuerdos se borran, se mezclan, se funden y con cada trago todo se hace más impreciso.
Apenas pasa un rato y las naciones y lenguas ya no tienen sentido. La luna vigila y alumbra la inmensidad donde algún que otro árbol interrumpe la nada misma. El frío sigue metiéndose bien adentro y solo se combate acomodando esas pieles que pudimos permutar por un cuchillo todo oxidado sin filo ni mango.
En un rato será otro día y tendremos que avanzar, seguir cruzando esta inmensidad rumbo a un incierto destino que promete tener todavía más desafíos. Pero ahora solo se trata de pasar el rato, compartir la botella y escuchar la guitarra y entender esas palabras que arrancan lágrimas y sonrisas.

Una botella con contenido de siglos
Nacida en Holanda, a fines del siglo XVI, compartió con los inmigrantes el viaje en barco hacia Argentina. Una vez aquí, pasó a ser una compañera constante en pulperías, viajes y casi en todo momento en donde la gente estuviera en compañía de otros. Las botellas de cerámica eran características, redondas o cuadradas y con una asa bien cerca del pico para agarrarlas y trasladarlas.

