Recordar una ausencia

Las ausencias personales tienen en nuestras vidas una carga que van dejando a través de los años. Imperecederas, a pesar de todos los calendarios transcurridos. Cuando se vive intensamente, con la ilusión de que la historia personal será eterna o, al menos, prolongada, las pérdidas prematuras golpean sin piedad y los recuerdos son constantes, permanentes en la vida cotidiana.

Ni desequilibrio ni ahogo que abruma cruzando los días afrontando desafíos permanentes. Encarar el mañana implica iniciar el nuevo camino con un bagaje distinto, pero ese enfrentamiento debe tener la luz suficiente que ilumine cada paso, cada sendero que antes transcurríamos con mayor soltura y certeza.

Para aplacar circunstancias de abatimiento existen mecanismos naturales que ayudan a disminuir, atenuar, desviar la tendencia y provocar incentivos distintos para que las motivaciones tomen senderos que desde el trabajo, el interés, la participación, el protagonismo, la necesidad… jamás el olvido, pero sí con la acción de atenuar un pesar, se logre de esta manera aminorar una ya vieja y profunda tristeza.

Las misas que celebran nuestros sacerdotes, especiales de sábados  o domingos, incluyen en sus registros los nombres de quienes ya no nos acompañan y despiertan en el espíritu sensación de memoria, homenaje del espíritu en la distancia. Esos recuerdos nos alimentan y fortalecen, para la búsqueda de caminos luminosos con quienes quedan o reproducir ejemplos y poner proas hacia el futuro.

La fe y las oraciones habitan nuestra memoria adulta, aún fresca y cotidiana; ayudan a encarar la travesía acompañando senderos de la familia que crece en nuestro entorno con memoria fecunda, sin quedar atrapados en la tristeza porque los recuerdos positivos no generan dolores paralizantes. Nos enriquecemos con los valores y tradiciones que nos legaron.  

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