Sulky Balboa

(Olé) – Nadie me lo va a creer, pero igual lo cuento. A las 5.56 de la mañana, mientras el flamante campeón mundial de los mediopesados -vestido de gaucho- se bambolea feliz en el sulky de su tío Carlos (ciruja desde hace 32 años, dueño de su carro y de su vida); mientras atravesamos una calle de tierra, perdida en el mapa, y ladran seis perros rotosos, surgidos desde la basura; mientras vamos al paso, a diez kilómetros por hora con 80 por recorrer (más dos paradas de una hora cada una suman… ¡diez horas por delante!); mientras Tigre duerme y cae el último rocío; mientras la yegua panzona y corajuda nos tira, nos remolca, nos lleva a hacia la Basílica de Luján para cumplir una promesa, nada parece real, nada se supone cierto, salvo esa luna gigante, láctea en su redondez, que parece venirse encima de este sulky chueco pero imposible de voltear, pibe, después le voy a contar cuando este indio era chiquito y se trepaba al sulky, para hincharle las pelotas a su tío, qué loco este Pigu, un indio, ¿qué te reís, mocoso?, después le cuento, señor, en el camino le cuento bien. Me sonrío porque el Pigu me codea. Y sigo mirando al cielo. De verdad, nunca vi una luna tan grande. Y a esa hora, sin nadie en ningún lado, estábamos ella y nosotros, solos, locos, clap, clap, clap, herraduras y silencio, clap, clap, clap, tres tipos en un sulky, recortados en esa luna que se nos venía encima.

Cuando Pigu saca el facón del estuche, borgeano facón de hoja larga y filosa, no es para achurar a nadie sino para cortar la longaniza, el queso y el jamón. Ya son las nueve de la mañana, sol tibio. Al mediodía va a hacer calor, 32 grados. Voy entre Pigu (Hugo Hernán Garay, campeón mundial mediopesado de la AMB) y el tío Carlos, sentado en una maderita donde cabemos apretados. El asiento está recubierto por una piel de oveja, al menos. El sulky se sacude, pero se la banca. Atrás llevamos un rectágulo de alfalfa, herramientas (por si pinchamos alguna de las dos Goodyear), el radiograbador (para la cumbia, papá), una parrillita, la rueda de auxilio y unas lonas, para el momento de tirarse a descansar. Adelante, justo enfrente de nuestras rodillas, descansa la heladerita (con brebajes para levantar el espíritu, porque tenemos mucho delante) y una tablita donde Pigu, el gran Pigu, arma la picadita. Salimos a las 5.56 desde Rincón de Milberg, el barrio de Tigre donde vive Garay. A cinco cuadras vive el tío, un fenómeno Don Carlos, gaucho de boina a alpargatas, quien antes de que su sobrino peleara por el título mundial, le dijo: «Si ganás, te tenés que venir en el sulky conmigo, para agradecerle a la Virgen de Luján». Garay le dijo que sí. Y acá está, en la travesía más loca de su vida, para llevarle a la Virgen «las vendas que usé en la pelea».

Los preparativos empezaron a las cinco de la mañana. Estrella, la yegua de siete años y mil batallas, «una overa plateada muy guapa, señor, ya fue como cinco veces a Luján, yo lo hago todos los años este viaje; la Virgen me concedió muchos pedidos y uno va, va siempre, disfrutando del viaje; va a ver qué lindos paisajes nos encontramos», dice Carlos, uno de los seis hermanos de la mamá de Pigu, Liliana. «Lo quiero un montón a mi tío. El me habla, yo escucho. Cheee, Narigón, ¿te acordás de cuando te acompañé a cirujear?». El tío asiente. «Tenía siete años el mocoso», recuerda. «Sí, anduvimos todo el día», dice Pigu, «¡y me pagaste un sanguche nada más, hijo de puta!».

El campeón nació hace 27 años en el hospital de Tigre y se crió en La Rocha, barrio de sombras y resplandores filosos, donde la calle enseña y engaña, aviva y obliga a subir la guardia. A toda hora. El Topo, un amigo del barrio, también se suma al viaje durante varios tramos. En otros, acompaña a Mario, nuestro esforzado chofer. El Topo, de sonrisa despareja y pelada reluciente, se llama Guillermo. Y conoce a Pigu desde los ocho años. «Siempre fue buenito», dice. «Y ahora que es campeón del mundo no se la cree ni ahí», cuenta.

Amaneció a las 7.37. Para esa hora estábamos recién en Maschwitz, por la colectora de la Panamericana. Ya habíamos transitado el costado de la ruta 27, siempre a diez kilómetros por hora, esquivando a los bondis semivacíos (cerquita nos pasó el 721) y viendo cómo, de a poco, el Gran Buenos Aires se despabilaba. Miércoles 16 de julio, día laboral. Después bordeamos las vías del tren que conduce a Zárate y, cuando ya nos metimos en el camino De la Bota, a las siete y cuarto cantaron dos gallos. El sulky le costó 1.500 pesos al tío. Y lo empuja la buena de Estrella «porque las yeguas tienen más espíritu que los caballos, señor, más fuerza le diría». Estrella nunca protesta. Y va. Tendrá un resuello recién a las 8.50, en Matheu, donde el gaucho Garay entrará a un supermercado para comprar provisiones. Al Topo se le encomienda una misión capital: conseguir una jarra de plástico (para mezclar brebajes) y seis pilas, para poner un poco de cumbia. «¿Viste cómo pegó el tema que me hicieron», me dice el campeón, en referencia al hit que repite «ay, ay, ay, ay, cómo te pega el Pigu Garay». El CD salta. Porque el sulky salta. Y mientras le paso un cacho de pan al tío Carlos, suena La Sonora Dinamita.

La primera parada importante es a las 9.45, en Del Viso: tirados bajos los árboles, al costado del predio de Deportiva Francesa (coqueto club de rugby que vio nacer al glamoroso Juani Hernández), parecemos cuatro dignísimos linyeras. Estrella, glotona, le da al pasto como nosotros a la jarra de plástico (pactamos nunca revelar el contenido del recipiente). Pigu me cuenta. «¡Cómo pegaba el ucraniano ese, la puta madre! Me la banqué, eh. En el décimo sufrí como nunca en mi carrera. Ya sé que a veces me olvidaba de subir las manos, pero hay que estar ahí arriba. Esto del boxeo es muy pero muy sacrificado. Y estoy dale que dale desde los 15 años. Me enseñaron a los 11… El viejo Horacio García, pobre, ya murió. Con él empecé. Pasa que me peleaba mucho en la calle y un amigo me recomendó ir a boxear. Y mirá: campeón del mundo».

A las 11.35 entramos a Pilar. Y a las 12.15 hacemos la segunda y última parada, en el cruce de las rutas 28 y 34. Hora de darle un bañito a Estrella, tan transpirada que la vemos. El tío Carlos se arrima a un taller, pide una manguera y la yegua retoza en su feliz humedad. Pigu y el Topo ensayan un siestón. Charlo con el tío. «Con el cirujeo se vive, señor, hay que andar», me explica. «Fierro, papel a 30 centavos el kilo, lo que venga… Yo sé lo que es el trabajo, por eso al Pigu siempre le digo que cuide la platita que haga. Lo veo más centrado, mejor, cuando estuvo viviendo en Córdoba hace unos años reacomodó su conducta. Es buen chico, ya le dije»… Reanudamos la marcha final a las 13.37, después de que el tío limpiara a Estrella con una escoba vieja. «Está como nueva», asegura. Y encaramos la ruta 34, que no es otra cosa que un largo camino de tierra, un surco que atraviesa campos de vacas, ovejas, siembras, caballos y que hierve bajo los 31° de temperatura. «Repetí quinto grado, hice hasta séptimo y dejé la escuela», me cuenta Pigu. «No quiero boxear por muchos años más. Es muy duro, loco, demasiado». Los tributos al Gauchito Gil se suceden en la ruta. Terreno pedregoso ahora. Pero vamos derechito hasta la Basílica, que de a poco deja ver su arquitectura. «Ahí está la Virgen», se entusiasma Pigu. Llegamos a las 16.12. Diez horitas. Se suman algunos amigos que vinieron en auto y que, intuimos, tardaron menos.

¿Quieren saber el final de la historia? Pongamos el telón a las seis, cuando vi a Pigu arrodillarse frente a la Virgen, con las vendas que derrotaron a Barashian, embuido en su silencio exterior, seguramente lleno de voces en su interior, ya sin la ropa de gaucho, con velas y medallitas, arrodillado para explicarle a la Virgen que partió hace medio día de su casa, que hizo 80 kilómetros para ofrendarle su triunfo, que Estrella ya descansa y pasta, que el tío se pasea con las manos en la espalda y se persigna, que esta historia que parece surrealista debe haber sido real y que él, aunque me haya confesado que nunca reza porque no sabe, ahora sí reza con manos apretadas, un solo puño pegado al corazón.

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