La Navidad (en latín: nativitas, ‘nacimiento‘) es una de las festividades más importantes del cristianismo, junto con la Pascua de Resurrección y Pentecostés. El 25 de diciembre celebramos la “Navidad”, día en que recordamos el nacimiento de Jesús; no obstante, las “Navidades” continúan porque corresponden al período comprendido desde el 24 de diciembre con la “Nochebuena”, noche de la vigilia de “Navidad”, hasta el 6 de enero, fecha de la festividad de “Reyes”.
¡Cuántas diferencias! Las Navidades que festejábamos en el pueblo siendo niños, eran tan simples y desprovistas de los estruendos de otrora, cuando la pirotecnia hacía estragos. ¿Arbolitos? Muy escasos y los he visto producidos por miniaturas de árboles auténticos mutilados en las cercanías del pueblo. Colgando, adornos recortados de Billiken o de otras páginas de entonces. Nada de borlas brillantes, ángeles, regalos, tintineos ni obsequios al pie.
La familia, desmembrada, debido a los hermanos ubicados en distintas localidades de la provincia, sin los medios de traslado o comunicación actuales, reducían sus comensales a cuatro. Aportados por el General, llegaban el pan dulce y la sidra que traía mi hermano desde el Correo Postal donde se hallaba empleado.
La hora del sueño en la noche cerrada produciría el feliz acontecimiento que se haría esperar porque el núcleo central, sustancia medular de la conmemoración, llegaría durante la confirmación de nuestros padres viéndonos dormir. La incógnita matutina persistiría durante varios días: ¿cómo haría para entrar con la ventana cerrada? ¡Y trayendo un paquete! Una incógnita que volvería repetirse en la Noche de Reyes.
La alegría producida por la muñeca -nada pequeña- me alejaba del conflicto para hallar una respuesta certera. A los siete años por cumplir, sería el último pasaje del Niño Dios por la ventana. ¡Adiós inocencia! Cuando nacieron mis hijos varones ella aún lucía en mi cama, apoyada en la almohada, aunque el destino de caída y rotura no se haría esperar.
Dos etapas diametralmente opuestas. Lo foráneo expulsó a nuestro Niño Dios; los adornos ahora son refulgentes y los niños no tienen necesidad de dormirse temprano porque abrazan a Papá Noel -pleno de sudor por el traje reñido con diciembre- y buscan ansiosos en su bolsa repleta.
Pero en la faceta de comensales y queridos rostros alrededor de la mesa tendida ha sido pródiga la vida. Nexo entre familias por las bodas realizadas, hijos e hijas políticas que equivalen a propias; cercanía y convivencia casi diaria, la cantidad de familia reunida es riqueza lograda a través de los años. ¡Y los nietos! Auténticas joyas que engalanan la mesa tendida, ese día y siempre.
Aunque algunas sillas vacías que antes habitualmente fueron ocupadas por abuelos amados nos traen los grises en esta celebración. Consolados frente a la cotidianidad de los vínculos, damos gracias a Dios por haberlos tenido a nuestro lado.


