Aquellas noches de pueblo

El verano exultante para muchos se convertía en suplicio para otros. El pueblo no contaba con luz eléctrica, únicamente de 18 a 24 los motores de los hermanos Ronco funcionaban como usinas salvadoras, esencialmente en verano. A partir de ese horario, servían las pantallas manuales de duro cartón con la publicidad de Ramos Generales donde la familia se proveía.

Luego de la medianoche, la galería era ámbito propicio para el descanso y el deleite de la frescura. Para este pasaje, mi madre nos había provisto de colchonetas de confección casera, aunque para ella se aseguraba el sillón hamaca de mimbre. Aún está en la familia, allí yo mecía a mis hijos y luego a mis nietos. Cuando la bisnieta Eva Lamberti nos visite, ella repetirá el balanceo y se dormirá al arrullo de sus mayores enamorados.

Todo un maravilloso mar de estrellas nos regalaba un techo inigualable y la luna florecía en mi mente con ideas inspiradas que luego usaría en las blancas páginas de mis cuadernos en la escuela. A lo lejos, el Coche Motor denunciaba su paso sobre los rieles rumbo a San Cristóbal, despidiéndose de nuestra Estación de Ferrocarril tendida hacia el este del pueblo.

¡A levantar todo de la galería antes de las seis para cumplir con la rutina!, hora en que pasaría doña Toribia para dejarnos su botella de leche recién ordeñada al pie de los ligustros podados como seto por mi padre. El viejo caballo del sulky disminuía su trote y cesaba la marcha sin que la dueña se lo impusiera porque memorizaba el trayecto.

Puertas y ventanas abiertas de par en par, nada de rejas. Había trancas de hierro para las puertas principales que generalmente pendían, en simbólico balanceo, ufanas por su destino de guardianas que no necesitaban ejercer.

Durante casi tres décadas previas a mi traslado por trabajo de mi esposo jamás escuché el relato de algún robo o el comentario sobre la presencia de ladrones, propios o llegados de otros rumbos a ese pueblo cercano y bendito. Más de cinco décadas en esta ciudad se nutren de hermosos episodios que lamentablemente ahora se tiñeron de grises con los tristes y cotidianos relatos de acciones dolosas y nocturnas, además de las diurnas.

Lo más doliente es saber que se pergeña luego la venta de lo mal habido, porque circula el botín con extrema velocidad y no se suele recuperar lo perdido. Lo que puede recuperarse es escaso. Viendo la televisión, compadecemos a los habitantes de los barrios en la provincia de Buenos Aires, donde además pierden la vida día a día.

¿Cómo no volver la mirada hacia ese mundo de paz y respeto, feliz convivencia que tuvimos la fortuna de conocer y disfrutar? Más aún, nos alarma el futuro de los jóvenes, previendo que no podrán atesorar en sus memorias los mágicos años que dentro de la sencillez pudieron darme la riqueza de una vida feliz y en paz.

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