“Cuando el tiempo está enemigo, cielos negros, días de hielo y tormentas, la alfalfa recién nacida se queda quieta y espera. Los tímidos brotecitos se echan a dormir, y en la dormición sobreviven, mientras dura el mal tiempo, por mucho tiempo que el mal tiempo dure.
Cuando por fin llegan los soles, y azulea el cielo y se entibia el suelo, la alfalfa despierta. Y entonces, recién entonces, crece. Tanto crece, que uno la mira y la ve crecer, empujada, desde la raíz, por un viento que no viene del aire.”
El título de los párrafos anteriores es “Contratiempo”. Es un texto de Eduardo Galeano que rescato para poner en palabras la sensación que inspira la mañana de primavera, y el sol con sus ardores precoces se introduce por las persianas. Es la sensación que se tiene después de haber vivido casi medio siglo en un lugar de la ciudad elegida para caminar los años.
Uno recuerda los inicios de cielos negros, días de hielo y ese deseo imperioso de que crezcan los sueños como alfalfa de Galeano.
Uno evoca los brotes pequeñitos, tímidos expectantes al impulso de dioses o de humanos, pero dispuestos a ofrecer sus savias nuevas.
Uno recuerda los mutismos profundos para sostener el mal tiempo, largo insostenible. Tiempos que se sucedían casi planificados en cadena de angustias, aun cuando algún rayo interfiriera de manera efímera y presagiara la calidez de un aliento.
Uno recuerda los silencios para no explicar las utopías y evitar que el viento perverso las llevara.
Uno recuerda haber abrazado la madera de un árbol para sostener el horizonte que se escapaba, asirse a las ramas para intoxicarse con su extracto.
Uno recuerda los ayeres de siembra silenciosa, obcecada que dejaron sus huellas en versos desprolijos.
Uno recuerda que llegaron los soles y se entibió el suelo, se azuleó el cielo y se mostró claro, potente el horizonte. Ahí estaba la utopía nuevamente; era otra, nueva. Invitaba a seguir caminando.
Ha crecido la alfalfa de Galeano; el viento que la hamaca no la lleva, la acaricia.; la empuja y me la ofrece en una mañana de primavera después de casi medio siglo.
Los ritos perpetuaron y el saludo mañanero bendice la rutina. Estamos los que ayer nos conocimos; algunos desertaron muy temprano.
Es tiempo de olvidar los contratiempos, los no que se esparcían como astillas, los dolores de adentro hechos roca y florecer como la primavera, aunque haya lunas en los cabellos y arrugas impiadosas declaren sus presencias.

