Camino duro, difícil y complicado si lo hay, es el camino que recorre en su carrera, el boxeador, porque él eligió ese deporte, «el de pegar, y no dejarse pegar».
Lloviznaba, hacía frío, y en la mañana del miércoles, lo vi correr por las veredas de Avenida Irigoyen… Le pegué un grito, casi ni paró, se sacó uno de los auriculares, y me dijo sonriendo, con esa sonrisa de confianza, entremezclada con ansiedad, «todo esta bien, maestro, mañana el pesaje y estamos», me guiño un ojo y, «siguió corriendo»…
Encapuchado, con buzo de color negro, sobrepasó la esquina de los semáforos y se perdió entre la gente que por la vereda caminaba en busca de algún negocio.
Franco Quintero, «el pibe que, habla con Dios», el del sueño, el de la esperanza, el que el viernes cuando suba al cuadrilátero, se va a convertir en el cuarto boxeador, hijo de Sunchales, profesional.

