Celebrar el día del niño, pero también bregar para que se cumplan sus derechos

Foto: Gentileza Griselda Bonafede.

Agosto es el mes en el que se celebra el día del niño. Es como hacer un alto en la rutina anual y dedicarle a los niños de la casa, de la comunidad, un día o días festivos, donde reciben regalos, gozan de juegos particularmente organizados por diferentes órganos públicos.

¿De dónde nace esta idea? Luego de la primera guerra mundial, la evidencia de la debilidad de los pequeños ante las catástrofes, llevaron a tomar conciencia de la necesidad de protegerlos.

En 1960, la Organización de las Naciones Unidas instó a destinar una jornada específica para promover los derechos universales de niñas y niños. El domingo elegido fue el segundo fin de semana de agosto. Después, la Cámara Argentina de la Industria del Juguete (CAIJ) trasladó la jornada al tercer domingo del mes con fines comerciales.

En el 2020, la entonces Secretaría de Niñez, Adolescencia y Familia promovió el nombre “Día de las Infancias”. El propósito detrás de este cambio fue hacer la fecha más integral y reconocer la diversidad de las infancias en Argentina. Se intentó incluir y visibilizar a niños y niñas que están atravesados por diversas realidades, como cuestiones de géneros, discapacidad, etc.

El objetivo del día del niño está destinado a la promoción de los derechos de los más pequeños y fomentar su bienestar social, pero no se trata de darles bienestar un día al año. Nos encontramos en el siglo XXI y todavía tenemos que reclamar para que sus derechos sean reconocidos desde la cuna o desde el vientre.

En la Edad Media, si bien se festejaba la llegada de un niño o niña, no significaba que sería protegido. Morían muchos de ellos a causa de malos cuidados, falta de medicaciones y hasta negligencias; si sobrevivía, la familia lo introducía en las tareas muy temprano y sería quien cuidara de los padres.

Era un adulto en miniatura. No conocía festejos, halagos o juegos. A la educación accedían los varones. Con el fin de producir sacerdotes, las principales catedrales contaban con programas educativos destinados a un número reducido de adolescentes. Al crecer los padres le asignaban parejas.

Con la llegada de la Edad Moderna, el ascenso del capitalismo y el surgimiento de una clase media hicieron que se empezara a considerar al niño como un sujeto merecedor de atención y cuidado. Sin embargo, esta preocupación no alcanzó a todas las clases sociales. En la Gran Bretaña del siglo XIX, durante la industrialización, un tercio de las familias pobres obligaba a sus hijos a trabajar desde muy temprana edad.

Los avances para que los niños sean los privilegiados de la sociedad, han sido muy buenos y elogiables, pero nunca inclusivos y generales, aunque vale reconocer que la ley de educación obligatoria, sacó a los niños del trabajo y sostuvo su trayectoria en las escuelas para sus proyectos de vida.

En el camino de los derechos han quedado muchos pequeños cuyas infancias han sido y son quebrantadas. Los festejos, que con tanto esmero preparan y desarrollan las instituciones, son solo regalo de un día para sus vidas cargadas de tristezas.

Vemos cerca de nosotros, que soportan agresiones, maltratos porque forman parte de una familia atravesada por adicciones, el delito, viven en la calle, trabajan… Se alimentan de esa realidad, se implanta en sus pieles y moldean sus vidas. Maduran antes que otros, pero reniegan la escolaridad, la vida centrada en pautas ordenadas; se rebelan a las autoridades, porque comprenden que la ley no es igual para todos; no la han leído, pero la viven.

En el mejor de los casos, el niño o niña, come y tiene un lugar donde dormir, una escuela donde asistir, pero en medio de todos esos derechos abastecidos falta lo más importante: el amor, la serenidad de un hogar simple, de dos padres amorosos, presentes, de ser incluido en la sociedad y aceptado por el solo hecho de ser NIÑO o NIÑA.

No podemos admitir como normal que haya infancias desrealizadas con niños que no juegan, no participan, no forman parte, no tienen afecto, son rechazados y estigmatizados. Niños que se tornan adultos antes del tiempo, que cumplen roles que no les corresponden.

En este mes, llamado “Mes de las infancias”, felicitemos a quienes se detienen a regalarles días de alegría y breguemos para que  todos queden comprendidos en la Ley 26.061 que dice: “Esta ley tiene por objeto la protección integral de los derechos de las niñas, niños y adolescentes que se encuentren en el territorio de la República Argentina, para garantizar el ejercicio y disfrute pleno, efectivo y permanente de aquellos reconocidos en el ordenamiento jurídico nacional y en los tratados internacionales en los que la Nación sea parte”.

“Todo niño es Sujeto de Derecho” y todo es sin excepciones. Ojalá podamos incluir a los que aún están afuera, a los que no son visibilizados. Así sea.

Griselda Bonafede

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