Chela de Lamberti: Ya no escucho sobre política

“Ya no escucho sobre política; es todo lo mismo, me tienen cansada”, afirmación que suele oírse; “Cuando aparecen los políticos apago el televisor”; “Son todos iguales”, etc. Lamentables afirmaciones, pero es difícil hacer cambiar de opinión a quien se manifiesta asqueada, insensible o harta de la política.

Pero no son todos iguales; hay, como en cualquier profesión, los moderados, los honestos y también aquellos que ostentan calificativos repudiables, bien merecidos a veces. Cabe que nos preguntemos: ¿dónde vivimos?, ¿nos importa nuestra patria? ¿queremos verla crecida, firme, con una potente producción gracias a sus tierras ricas y ponderables?

No podemos desentendernos. Aquí hemos nacido, aquí vivimos y somos los artífices a veces de lo que sucede o deja de suceder. Mirar hacia otro lado es como desentenderse del funcionamiento de nuestro propio hogar. Porque Argentina es nuestro hogar. Flaco favor le haríamos a los extranjeros si nos preguntan sobre nuestro país y no podemos comentar porque brilla nuestro desconocimiento.

No hace falta dominar leyes, leer todos los diarios, escuchar todos los informativos, pero muchas veces usamos tiempo que podría ser totalmente útil y lo destinamos para novedades superfluas, chismes de la farándula o programas lamentables. Que los hay, los hay. Espacios televisivos que nada aportan a nuestro conocimiento y únicamente nos permiten “pasar el momento”.

Allá lejos y hace tiempo tuvimos en la escuela secundaria excelentes profesores en política, instrucción cívica o como se llamaran en aquella época las materias destinadas a ponernos en conocimiento de cómo se desenvuelve un país, su clase dirigente y en especial, los deberes y derechos de los argentinos. Un capital en conceptos y saberes que nos ubicaba decididamente en el futuro lugar de electores mediante el beneficio del voto secreto e individual.

Ambos nos pertenecen, el derecho y el deber. Votar, por ejemplo, nos lleva a cumplir con una ley y simultáneamente nos otorga la honrosa posibilidad de elegir a nuestros representantes. ¿Y cómo elegiremos, si no estamos informados? Si apagamos el televisor, no leemos las noticias, apagamos la radio, todas actitudes de rechazos, sabiendo que en el día de mañana delegarán en mí la posibilidad de un voto decisivo para el destino de un pueblo, una provincia, un país entero.

También he escuchado: “Yo no tengo más que ir a votar, porque ya cumplí 70”. ¿Entendimos bien? ¿La ley dice “no vayas”, “quédate en casa”, “no necesitamos tu opinión”? “Estás caduca”. O solamente expresa “No será obligatorio”, es decir, ya no van a reclamar por tu ausencia, según el padrón. Pero no nos está privando de esa fiesta cívica que significa ir a votar. En este milenio, ¿quién asegura que desde los 70 dejamos de pensar, de decidir y de actuar en consecuencia?

Los acontecimientos, cuyas imágenes y comentarios llegan a raudales, a veces son gratos; otras no tanto y nos originan preocupación, pero no significa que debamos desentendernos, hacer oídos sordos y ojos ciegos. Hombres famosos de nuestro planeta y de todos los tiempos nos han dejado sus pensamientos sobre el sufragio. “La papeleta de un voto tiene más fuerza que una bala de fusil” (Abraham Lincoln).

Barack Obama expresó: “Si abandonas la idea de que tu voz puede marcar la diferencia, otras voces llenarán el vacío”. ¿Y qué afirmaba Mahatma Gandhi? “Un voto es un acto puramente religioso porque no es un arrebato y se puede tomar únicamente con la mente purificada y con Dios como testigo”. Pero veamos lo que afirmaba una famosa mujer de Nueva Zelanda, llamada Kate Sheppard, responsable de que su país fuera el primero del mundo donde la mujer tuvo derecho al voto: ”No creas que un simple voto no sirve de mucho. Recuerda que la lluvia refresca el suelo y está hecha de simples gotas”. En esto radica la idea equivocada de que nada se pierde si hoy no voy a votar.

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