Desde aquel 11 de mayo de 1813

Oír las estrofas de nuestro Himno Nacional -desde el televisor o desde la plaza de mi ciudad porque se está desarrollando el acto cívico- me lleva al ayer merced a la memoria nutrida desde la infancia, desde aquellos días crudamente invernales (mayo y julio) cuando después del Tedeum en el templo cercano llegábamos al centro, al corazón de esa plaza bendita, abundantemente verde, epicentro de nuestra vida serena y jubilosa, inocente y ciertamente inolvidable. Un espacio y escenario nítido que aún rememoro emocionada y agradecida, a pesar de las décadas transcurridas sobre calendarios de vida que jamás borraron de mi remembranza la niñez y la adolescencia gozosas en aquel ámbito bendecido.

El palco improvisado con gruesos listones azulados y adornos magistrales celestes y blancos congregaba al Presidente Comunal, al Sacerdote, al Comisario, la Directora de mi querida escuela, una docente conductora del acto y en muchas ocasiones, a esa blonda niña de trenzas que fui -desde los seis años- para recitar frente al micrófono las gozosas estrofas poéticas de aquellos días. Un hábito bienhechor que trajo aparejada desde muy temprano la desinhibición para llegar a la vida adulta y no huir temerosa, espantada frente a un público congregado y un micrófono que generosamente nos invita a dejar nuestra voz conmovida.

Cada 11 de mayo rememoramos nuestro Himno Nacional, magnífico, recientemente declarado “el mejor” en Estados Unidos (agosto de 2023) por sus múltiples cualidades en cotejo con los demás. En la ciudad de Naperville -ubicada en Illinois- se lo seleccionó después de dos meses de investigación como Una Obra Maestra, el mejor del mundo.

Desde aquel célebre 11 de mayo de 1813 cuando la Asamblea Constituyente declaró Himno a la Marcha Patriótica cuyos autores fueron Blas Parera (músico) junto a Vicente López y Planes (escritor), gozamos de su melodía y contenido para entonarlo con auténtica pasión, sean buenas o no nuestras aptitudes para vocalizarlo. Importan claramente el afecto, la emoción, el fervor.

La historia nos cuenta que fue entonado por primera vez en la casa de Mariquita Sánchez de Thompson, mucho más que la dueña de la casa porque fue “una mujer intelectual de avanzada, quien debatió los valores de una patria que se estaba gestando y no le temió al exilio que debió soportar durante la dictadura de Rosas”.

Todos los niños, sin distinción, lo aprenden y comprobamos que demuestran en los actos públicos el dominio de esa letra hermosa, emotiva, la que resume en breves estrofas grandes capítulos de la historia comprometiéndonos a través del “Juremos con gloria morir”, una responsabilidad enorme para cada argentino. No se percibe a veces idéntico dominio de otras canciones patrias o de la Marcha que distingue a nuestra ciudad. Seguramente la distribución de copias con el texto ayudaría respaldando la memoria del público en general, honrando a Mario Vecchioli como escritor y a Sebastián Rainone como músico.

Bendecimos a ambos; no todas las ciudades poseen el honor de contar con una Marcha dedicada por dos artistas, uno de ellos como hijo de Sunchales: Mario Vecchioli, nacido en 1903.

Relacionadas

Ultimas noticias