El elenco de Gaby Fiorito y el arte de producir carcajadas

La risa, esa manifestación natural, no ha sido reconocida en todos los tiempos. El primer gran opositor fue Platón quien en su obra “La República” expresaba: “Tampoco conviene que nuestros jóvenes sean propensos a la risa. Una risa violenta trae generalmente consigo una violenta alteración del ánimo”. Aristóteles advertía que hay que reír en pequeñas dosis y de manera prudente, es decir, no para burlarse de los demás sino, amenizar las conversaciones.

La religión cristiana, fundamentada en principios platónicos y aristotélicos, puso como valor la seriedad. Toda risa altisonante se escuchaba como la risa de Satán. La seriedad apagó todo intento de reír y la carcajada se ahogó en las fibras del cuerpo, aunque no faltaran lugares íntimos donde desatarla, que, al ser descubierta, degradaba la condición humana.

Los Padres de la iglesia proclamarán: “Los que lloran en la tierra, reirán en el cielo”. De este modo, se educaron tantos seres humanos, amonestados por querer reír, desposeídos del goce de estallar en alegría, de aflojar los músculos del rostro de cambiar el ánimo, etc.

Pero todo cambia, progresa. El hombre va sepultando cosmovisiones. Hoy la Psicología asegura que reír aporta una sensación de bienestar y de relajación, a la vez que nos proporciona un estado de ánimo positivo. De este modo la risa toma rigor científico y deja muy atrás las controversias acerca de esa manifestación humana.

Podemos reconocer cuánto bien hace reírnos, hasta de nosotros mismos si es necesario. Somos conscientes del valor terapéutico de ese goce, para mejorar la salud, la enseñanza y el aprendizaje.

El prólogo de esta columna se alimentó de las escenas teatrales de las obras que viene presentando Gaby Fiorito en diferentes lugares, y que pude presenciar el pasado domingo 17 en “Marla” espacio, donde la carcajada salió a borbotones dispuesta a perpetuarse.

Foto: Verónica Geninatti.

Me reí, nos reímos. ¿De qué? Sin duda nos reíamos de las escenas exageradas mostrando las ridiculeces de la vida cotidiana, iguales a las nuestras, pero que expuestas a la exageración producían ese deseo imperioso de estallar en risotada.

Aristóteles decía que la finalidad del teatro era la catarsis, porque los espectadores podían purificarse identificándose con los personajes. Algo de eso debe ocurrir porque el teatro hace bien.

Todo esto lo explicaría mejor un erudito en el tema, pero, aún sin ser muy duchos, no podemos negar que hay que saber hacer reír. Cualquiera no mueve a la risa. Se necesita lograr el absurdo de un hecho cotidiano, poner en evidencia al extremo aquello que se oculta y esto se consigue solamente con talento.

Foto: Verónica Geninatti.

Por eso, los sunchalenses, habitantes de una pequeña ciudad tenemos que sentirnos halagados de tener entre nosotros a vecinos, que además de compartir el territorio de rutinas, de la mano de Gaby Fiorito nos hacen desternillar de risa. Personas a quienes saludamos e identificamos por sus nombres y apellidos, pero sobre el escenario pueden producir la magia de hacernos reír a carcajadas. Gracias, por tanto.

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Griselda Bonafede

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