El grito imperecedero de Mayo

Resistencia (Chaco) convocó en 2022 a quienes tuvieran más de 60 años para participar con la redacción de una experiencia personal (anécdota). Fueron seleccionadas 16 y la que envié resultó incluida en la edición, titulada “El grito imperecedero de Mayo”.

“Corría la Semana de Mayo en Ataliva y una maestra suplente, joven y sobrina del Director, se hizo cargo por unos días del aula de 5° grado. Para la fecha que estábamos cursando, la maestra titular le había dejado la consigna de una redacción alusiva a esa semana histórica.

Conversamos algo previamente sobre el tema, sin vocabulario en la pizarra y luego cada alumno debía redactar su propio texto. Cuando terminé llevé mi cuaderno a la maestra, sentada junto a su escritorio y rodeada ya por algunos alumnos que habían terminado el trabajo.

Cuando comenzó a leer el mío, advertí que hacía unos gestos extraños, de desagrado o sorpresa; finalmente se paró y golpeaba con fuerza mi cuaderno contra el escritorio, desaforada y gritando: «¡Esto no lo escribiste vooosss!!!». Se fue urgente hasta mi pupitre (esos marrones oscuros, grandotes) y buscó debajo, en esa aleta que tenían para guardar los útiles, revolviendo todo lo mío. No entendía qué buscaba, ¿una revista, un machete?… A esa edad, ni sabíamos en realidad lo que era un machete.

Los demás se hallaban atónitos, callados, observando y contemplado mi llanto, pero de pronto fue Juancito Flesia (luego odontólogo en Santa Fe y hoy lamentablemente fallecido), quien se paró junto a su banco, sacó pecho y con voz alta dijo: “¡La Chelita siempre escribe así!”. Automáticamente, todos los demás lo imitaron y me defendieron, parados como soldados al lado de sus respectivos bancos. ¡Qué emoción!

Allí quedó la historia, disculpas no se oyeron. Podría haberle explicado que era muy lectora y ese término “imperecedero” lo sabía por un poema que la maestra titular me había dado para recitar en el acto del 25 de Mayo. Pero guardé silencio y me sequé las lágrimas. Jamás un docente nos había tratado así. En mi casa durante el almuerzo no conté nada y a la noche, mi padre, que era repartidor de una cervecería y entraba en todas las viviendas, dijo: “Me contaron que hoy en la escuela lloraste”. “Pueblo chico»… pensé pero no dije nada y ningún familiar adulto fue a presentar quejas en la escuela.

La ofensa quedó grabada a fuego, intacta. Era joven la suplente, pero seguramente hoy ya no existe o no trabaja atormentando alumnos ni golpeando cuadernos. En todo caso, hoy tendría mis testimonios de publicaciones literarias y reconocimientos nacionales para mostrarle. Cada vez que disfruté de las fiestas de Mayo, especialmente cuando mis tres hijos y mis seis nietos tenían alguna participación en los actos escolares, se intensificaba mi orgullo y la valoración histórica de aquel acontecimiento en el Cabildo de 1810. Un Cabildo que recorrí varia veces llevando a mi hija y nietos para inspirar idénticos sentimientos de orgullo y valoración entre esas paredes magnas, cargadas de valiosa historia y especialmente, guardando aquel “Grito imperecedero de Mayo”.

La anécdota fue seleccionada (dieciséis en total) para publicar en un libro por la entidad organizadora. Recuerdos de un momento triste con final feliz que aún provoca mi cariño por todos los compañeros de la primaria en Ataliva, mi pueblo natal.

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