Es hora de construir un Tinkunaco

El Tinkunaco. Obra del escultor Mario Aciar, realizada en 1993. (Fotos: Internet).

Hace unos años visité La Rioja, capital de la provincia homónima ubicada al centro este de la provincia, en el departamento Capital. En 1591, la zona de La Rioja estaba habitada por el pueblo diaguita. Los pueblos originarios fueron despojados de sus libertades y convertidos en mano de obra esclava, cuando el conquistador español Juan Ramírez de Velazco fundó la ciudad de Todos los Santos de la Nueva Rioja el 20 de mayo de 1591.

En el recorrido, un monumento atrajo mi atención más de la cuenta. Su construcción nueva, de 1993, consta de dos columnas de piedras que se elevan de manera paralela. Fuertes ambas, sólidas y garbosas. El espacio que las separa no es muy grande, hasta que, a cierta altura, las pilastras se unen y apretadamente cierran la obra con una superposición de piedras colocadas en espiral de cerámica que, en contraste con el trayecto anterior, conforman un solo compacto. En todas sus caras, escritores, poetas y personajes célebres dejaron sus mensajes. Me pregunté a quién se le había ocurrido y por qué, construir ese coloso sin significado conocido. A mi entender, era una construcción de dos trayectos separados hasta que se unía de manera casi apasionada. No fue su belleza lo que impactó, pero sí su afán de mostrarse como símbolo en un lugar cargado de historia.

La obra está dedicada al Tinkunaco cuyo significado es: encuentro, fusión o mezcla y tiene su origen en un hecho ocurrido hace muchos años. El autor Mario Aciar edificó esta obra sobre la base de un hecho histórico – político sucedido en 1593, denominado el Tinkunaco. Cuentan que la piedra del lado Este simboliza a España, en tanto la del Oeste, a América india.

Como todos sabemos, los conquistadores, eliminaron todo sistema de organización indígena e impusieron sus costumbres y sus autoridades. El fuerte era el símbolo del poder español, pero los diaguitas no se sometieron fácilmente y lucharon durante mucho tiempo por su libertad, sus espacios y su cultura.

Los indígenas resistieron durante dos años hasta que el Jueves Santo de 1593, decidieron levantarse y atacar el fuerte. Cuando se disponen a hacerlo, ya en las puertas del mismo, se presenta Fray Francisco Solano. El clérigo llevaba un violín y la imagen del Niño Jesús. A esos dos elementos, le unió la palabra y comenzó a predicar en una lengua única. Los exaltados depusieron sus ánimos y el ataque quedó sofocado. Según Manuel Núñez de Almeida, escribiente de la colonia, gracias a esa actitud, se logró sellar un pacto de paz que culminó con el bautismo de nueve mil indígenas.

Años más tarde la Orden Jesuita tomó los elementos del hecho ocurrido y los convirtió en una ceremonia religiosa en la que se unen los símbolos de la cultura originaria con   rituales católicos. Fueron estos misioneros jesuitas quienes propusieron una imagen de un Niño Jesús, de aproximadamente ocho años, vestido como alcalde español, pero con ciertos atributos andinos para traducir a los nativos la autoridad de Cristo, y dieron origen a la celebración religiosa en la que conviven rituales hispánicos e indígenas.

Con el correr de los años, Monseñor Enrique Angelelli, popularizó esta ceremonia, y la dotó de nuevos sentidos para los riojanos.

El monumento primero y la historia después, despertaron una indescriptible sensación de admiración: San Francisco Solano no tuvo reparos en sumar los elementos a su alcance para encontrar un lugar de conciliación: imagen del Niño Jesús, música de violín y palabra. ¿Con cuál de todos esos símbolos llegó al corazón de los sublevados, hartos de sumisión y genocidio? ¿Con uno, con todos? No lo sabemos.

Puedo pensar que los reclamantes oyentes estaban dispuestos a conseguir el objetivo y por sus venas corría sangre cargada de odio. Puedo imaginar a un solo hombre, Francisco Solano, que intenta atenuar los odios, con cierto temor. Hombre al fin, exponía su vida. Puedo figurar el tumultuoso sonido del enojo, hombres embravecidos, dispuestos a todo. Pero me quedo con la escena imaginada de un numeroso grupo, ofuscado y temible que silencia su alma, escucha y se atempera. Se enfrenta a la dulce melodía de un violín y la dulzura de sus sonidos lo convoca al silencio; en ese intersticio Solano introdujo palabras. A pesar de la violenta situación que vivían, a pesar del vil sometimiento, los aborígenes eligieron el sosiego, la escucha. La yuxtaposición de tres imágenes: Cristo, violín y palabras fueron suficiente para que las emociones cambiaran de sentido; las tres son construcciones humanas y por esa condición, amalgamadas, surtieron efecto.

“Los momentos históricos signados por la intolerancia han sido siempre un lugar donde posar la mirada y la memoria” y de ello se deduce que tantos años de lucha, enfrentamientos y muertes minan los espíritus. En las contiendas todo tiene un final. No se puede luchar indefinidamente. Llega un momento en que es fundamental encontrar el punto por donde comenzar a caminar juntos. Agobia la eterna confrontación, la insuperable dicotomía.

Debe existir un lugar y un tiempo donde deponer las armas, cualquiera sea; las palabras que incitan al odio, los signos y símbolos construidos para pronunciar las diferencias, señalar los errores, aumentar rivalidades, tienen que modificarse. Es casi urgente encontrar elementos comunes, esos que tocan el alma humana, buscar desde las blanduras de las emociones, como hizo Solano, para luego construir con piedras un monumento de fusión.

Me pregunto si como argentinos seremos capaces de construir un Tinkunaco, consustanciar ideas, amainar pasiones, deponer las tirrias y caminar juntos hasta reunirnos en una sólida piedra de argentinidad, donde los poetas y escritores puedan establecer con el público un diálogo permanente de armonía entre los hombres y mujeres. Tal vez, los pueblos originarios también nos legaron este desafío. ¿Nos estará faltando un Francisco Solano?

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