(Colaboración: Observatorio astronómico «Alfa Centauro») – La Unión Soviética había lanzado el primer satélite artificial, el 4 de octubre de 1957.
Una simple esfera que pesaba sólo 92 kilogramos y de no más de 60 centímetros de ancho, con una superficie de aluminio muy pulida. La mejor para reflejar la luz del sol y ser vista desde la Tierra. Dos radiotransmisores con antenas emitían señales continuas en frecuencias que los científicos y los radioaficionados podían captar y así confirmar el logro.
En el momento del lanzamiento, John Kennedy era un joven senador y no tenía ningún interés particular en el espacio. Yuri Gagarin era un desconocido piloto militar. John Glenn era piloto de un cuerpo de la marina. Neil Armstrong estaba probando aviones de alto rendimiento en el desierto de California. Sus vidas cambiarían pronto, al igual que las de los cientos de miles de ingenieros, técnicos, trabajadores y gente común.
Thomas J. O Malley, ingeniero aeronáutico de Nueva Jersey, se mudaría en pocos meses a Cabo Cañaveral, Florida, para dirigir las pruebas del acelerado desarrollo del misil Atlas, que finalmente pondría a los astronautas estadounidenses en órbita. «Teníamos un objetivo: lograr algo allá arriba lo más rápido posible».
Fue a fines de enero de 1958 cuando los norteamericanos tuvieron éxito con el Explorer 1, puesto en órbita con una versión del Júpiter C de Braun. Pero el Sputnik 2, mucho más grande, ya había puesto en órbita a la perra Laika, que fue la precursora de los vuelos espaciales con humanos.

