Hubo una vez un Vicepresidente

Elpidio González (Foto: Internet).

Fue ejemplo de virtudes cívicas, de honradez y de firmes convicciones morales y éticas. Asumió el cargo de vicepresidente de la República el 12 de octubre de 1922 acompañando en la fórmula a Marcelo T. de Alvear. Antes, Elpidio González había sido Jefe de Policía de la Capital Federal durante el primer gobierno de Hipólito Yrigoyen (1916-1922). También tuvo relevancia su participación en el movimiento reformista universitario de 1918 en su condición de Vicario del Presidente de la República. Llegó a Córdoba para apoyarlo, cumpliendo el mandato de Yrigoyen. Dio su respaldo al movimiento innovador universitario, conforme la política renovadora del gobierno radical de esa época. Fue además Ministro de Guerra durante el primer gobierno de Yrigoyen.

Como Presidente del Senado (1922-1928) tuvo un gesto de amplitud con Lisandro de la Torre: este quería conocer las actas de los debates de la Ley de Armamentos que se discutía en esos momentos. El Secretario del cuerpo le objetó que no siendo senador nacional no se le podían facilitar. Pero Elpidio González ordenó que se le otorgaran a pesar de esos escrúpulos, “para el Dr. de la Torre no hay secreto de Estado reservado”.

Había nacido en Rosario el 01/08/1875 y falleció en Buenos Aires el 18/10/1951.

Durante la segunda presidencia de Hipólito Yrigoyen, González ocupó el cargo de Ministro del Interior, y luego ante la renuncia del General Luis Dellepiane, fue designado Ministro de Guerra.

Así llegó al 06/09/1930 cuando se produjo el estallido que derrocó a Yrigoyen. En esa instancia Elpidio González afirmó al referirse al gobierno derrocado: “La acción de los hombres públicos en sus aciertos y en sus errores está más allá del juicio de sus contemporáneos, por más elevado que este sea dado, pues la apreciación histórica jamás puede llevarse serenamente, sino mediando el tiempo indispensable para la total valorización de los actos de donde han de surgir las verdades definitivas que la filosofía extrae como enseñanza útil en la evolución de los pueblos y las instituciones”.

Luego de la revolución de Uriburu, mientras caminaba por la calle Cabildo rumbo a su domicilio fue detenido y conducido al Departamento de Policía y posteriormente al barco donde se hallaba también recluido Yrigoyen. Por razones de comodidad para que su familia lo atendiera, el Poder Ejecutivo ordenó días después el traslado de González a la Penitenciaría Nacional. El Director del penal, dado el carácter de ex Vicepresidente de la República, le hizo llegar a su celda un armario para que guardara sus efectos personales y vestuario. Al preguntarle al empleado si esta consideración era por igual para todos los detenidos, se le informó que era una excepción. Inmediatamente Elpidio González rechazó el mueble.

Posteriormente lo trasladaron a la Isla Martín García. Alcides Greca, también detenido en esas circunstancias, dice en su obra “Tras el alambrado de Martín García”: “Una cosa me ha llenado de satisfacción en medio de este profundo desprecio que a veces me invade hacia el género humano: es la dignidad de Elpidio González en la prisión. Este hombre que ha sido Vicepresidente de la República y Ministro nacional en diversas ocasiones, no tiene hoy recursos para pagarse una pensión de tercera categoría. Lleva ya dos años de prisión casi continuada. Cada vez que se siente en el país un ligero ruido de armas, la policía va a buscarlo a Elpidio González. Él no se resiste, marcha tranquilamente hacia la penitenciaría. Jamás se queja, jamás pide nada”.

Recuperada la libertad, González fue designado representante de anilinas Colibrí en la ciudad de Buenos Aires. Se lo veía cruzar por sus calles ofreciendo el producto.

Vivió en una modesta pensión cerca de Diagonal Sur. Una mañana, al iniciar los trabajos de ensanche de esta arteria, comenzaron a demoler la casa que ocupaba. Presuroso salió a la calle y habló con el encargado de los trabajos; le pidió tiempo prudencial para conseguir otro alojamiento. Al enterarse el director de la obra de quien se trataba, informó inmediatamente al Intendente municipal y este a su vez puso en conocimiento del hecho al Presidente de la República, Agustín P. Justo. Seguidamente el edecán del primer magistrado se apersonó y le ofreció una casa de propiedad municipal para que González la ocupara gratuitamente. Agradeció el gesto pero la rechazó rotundamente. También rechazó la pensión que legítimamente le correspondía como ex Vicepresidente de la Nación, no obstante la insistencia de amigos y pares.

Calle Elpidio González, en Lomas del Sur (Foto: Diego Rosso).

El diputado conservador Osorio expresó en una sesión de la Cámara y refiriéndose a Elpidio González: “Es el único que ambula por la calles de Buenos Aires, intransigente, en esa intransigencia del decoro y la dignidad que no le ha permitido ni siquiera aceptar lo que le correspondería en justo derecho, a él más que a nadie, porque de los que reciben las pensiones dadas para Presidente y Vicepresidente de la Nación y Gobernadores de provincias, es el único que se encuentra en la situación de pobreza que en el espíritu de la ley se tuvo en cuenta, para acordar las pensiones a que la misma se refiere”.

Años después, durante el gobierno de facto, el General Farrell invitó al Dr. González a que revocara su resolución de no aceptar la pensión. Este agradeció personalmente el gesto pero le contestó: “…que la renuncia a la pensión obedecía a principios morales irrevocables en él y que por lo tanto no podía acceder a sus deseos”.

Como no podía ser de otra manera Elpidio González murió en un Hospital Público de la ciudad de Buenos Aires, rodeado de un puñado de amigos.

Fue un prócer casi desconocido para muchos. Un ejemplo para generaciones de argentinos. Demostró un excepcional desapego por los bienes materiales. Las sociedades se construyen a través de estos ejemplos de vida, los que se consiguen sobre la base de conductas insobornables, trayectorias éticas y convicción de actitudes. No se rifan ni se venden en la feria. Se ganan.

Bibliografía: «Elpidio González, Biografía de una conducta». Arturo Torres. Editorial Raigal.

Nota: Por iniciativa mía, una calle de Sunchales lleva su nombre. (Ordenanza Nº 2325/2013).

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José «Pepe» Marquínez

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