Las puertas se habrán cerrado

Las puertas se habrán cerrado. Imagen clásica que recordamos año tras año, cuando pasamos frente a una escuela y todo está calmo, no vacío totalmente porque algunos continúan cumpliendo funciones en diciembre, pero ya sin alumnos a su cargo. Tan sonora, tan activa, hoy la escuela descansa, sus aulas derrochan desacostumbrados silencios, el gran patrio recibe el sol en plenitud, sin correteos, sin gritos, sin exclamaciones estridentes frente a un juego ganado.

La bandera duerme; el letargo en su caja durará hasta marzo, cuando el almanaque reclame su presencia en el amplio patio que demandará el regreso de los indicios que desde 1912 encierra en su espacio, cuando comenzó a funcionar aquella primera institución educativa iniciada en 1888, ubicada transitoriamente en la esquina de la actual avenida Independencia, llamada en ese momento “Calle central”, con tierra en todo su extendido.

Esta es la más antigua de Sunchales, la “Ameghino”, acompañada en otro sector por el Instituto Italiano que dirigía el maestro Bonaudi. Ámbitos que entre sus añosas paredes seguramente guardan sonidos antiguos, bríos de niños, voces docentes, pero hoy sus muros tienen otro contenido. Imposible borrar sus historias; claro que la curiosidad de algunos nos hace conocer el origen y para muchos pasará desapercibido. La fisonomía del Instituto Ítalo Argentino aún perdura frente a la Farmacia y la Clínica de Atilra.

El Instituto Ítalo Argentino que funcionó en la ciudad.

La escuela N° 375 “Justo José de Urquiza” de Ataliva, mi pueblo natal, celebró recientemente sus 125 años de vida. En realidad, es la edad del edificio. Antes también ocupó una casa donde concurrió mi madre y creo que funcionaba solamente hasta 4° grado. Edificios solemnes, que fueron cuna, raíz, ascendencia, linaje, nacimiento que no debe ser olvidado jamás. No debemos permitir que el tiempo y la estridencia del presente sepulte las raíces de lo que vivieron nuestros ancestros. De la primera casa, solo algunos memoriosos podrían dejar testimonios que les fueron narrados por sus mayores.

Quizás una placa ubicada en esa esquina, en aquellas paredes que se conservan (o que pueden ser nuevas) pero el sitio es fidedigno y nos permite dejar constancia para la memoria del futuro, con nombre y fecha, dos datos eternos, inamovibles, que nos obligan a volver la mirada hacia atrás y predisponer el espíritu para imaginar el tiempo que confirma nuestras raíces.

Amar la historia en general nos conecta con ese ayer valioso. En un viaje a Bariloche, de los que nos organizaba Meridiano, pregunté a un señor con apellido complicado cuál era su ascendencia y me respondió “No lo sé ni me interesa, yo soy argentino”.

Casi me desmayo. Aprendí de mi abuelo materno Pascual Schiavi a mirar el mapa de Europa para descubrir dónde estaba Voghera, provincia de Pavia y región de Lombardía, lugar de su nacimiento. Amé esa región como amo a mi patria, porque en el corazón caben los dos amores. Conocerla fue sumar un sentimiento, sin perder por ello el afecto por mi patria.

Las puertas se habrán cerrado. Marzo traerá el nuevo otoño y la presencia de los guardapolvos blancos con su vocerío de infancia feliz en los patios libres y los conocimientos en las salas inolvidables.

A la derecha, la maestra italiana Julia Delfina Dadati (libro de los 125 años de Ataliva).

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