De tanto en tanto, tengo visiones nocturnas. Es como si hubiera vivido los hechos en ese tiempo… Tantas veces escuché la historia, que puedo representarla. ¿Ustedes también?
Seguramente, con un alma sensible y una imaginación frondosa, ¿por qué no? Finalmente, yo solo soy una casa y ustedes son seres humanos, los habitantes de este pueblo maravilloso y los dueños de estos capítulos.
En las noches de insomnio veo imágenes y escenas antiguas. Una carreta marcha hacia el Fuerte tras los ojos mansos de los bueyes y su rechinar rasga el aire junto al pajonal en flor.
La empalizada estampa una frontera entre el latido de los hombres y la magnitud de la soledad; huellas apenas transitadas sobre la arquitectura del siglo señalan el contenido de la vigilia.
El mangrullo enhiesto en el llano es un radar buscando el destino, donde se levanta el orden de la milicia entre moléculas de vida áspera talladas en sombras y esperas.
Afuera el mañana aún no está escrito; las semillas no han sido echadas y el cielo habitado de sol penetra en el laberinto de los días expectante por la historia que habrá de ocurrir.

Con el siglo agreste entre las manos y un pájaro cantándoles en las venas, así arribaron a la vida desmantelada bajo el cielo virginal de la llanura. La colonia les creció en milagros con un tejer y destejer de sueños, combatiendo cada palmo por sobrevivir en el sitio donde plantaron el nido nuevo.
El lamento subterráneo del suelo sediento de arados y semillas se convirtió en hilos de esperanza y desde las arterias invisibles del humus se agitaron los sembrados para que el hambre borrara silencios y el destierro no fuera en vano.
Descifrando los insomnios hallaron la razón de su tránsito y el terruño ajeno se volvió patria a pesar de la nostalgia, a pesar de la lejanía. Estirpe de raza enérgica la de sus abuelos gringos; desde el campanario de los siglos brota la oración del homenaje y el campo recita su gratitud.
Aquel nativo decidido a defender sus dominios figura en la historia como salvaje irrevocable en su empeño por desbaratar las aldeas y los fuertes e impedir el progreso que llegaba.
Cómo no entender su porfía, cómo desconocer su bravura, sus ansias de corretear e invadir el territorio que sentía como propio, viéndolo fragmentado por las murallas y saturado de rumores extraños…
Hacia el oeste del pueblo, aún en las noches serenas parecen escucharse el ulular del viento, los corceles con sus jinetes y los gritos indómitos; pero tal vez solo algunos, solo mis paredes que saben de otros tiempos pueden adquirir esa facultad de horadar las distancias de los cielos. O tal vez, la imaginación y los múltiples relatos escuchados alimentan las sensaciones y los hechos me parecen verídicos.
Capítulo del libro de Chela Lamberti «Lo llamarán Fundador».
Declarado de Interés Cultural por parte del Concejo Deliberante en el año 2011.

