Bien se sabe que no hay teatro sin público. Los asistentes forman parte de esa manifestación que es el arte escénico. Peter Brook (uno de los más reconocidos directores de teatro, cine y ópera) definió el teatro como «un hombre que cruza el escenario y otro que mira». Creo que las puestas en escenas que Maquinarte ofrece, asiduamente desde hace un tiempo, encaja en este concepto: Un ambiente pequeño alberga a actores y espectadores que obliga al tácito pacto de complicidad.
El domingo en “La casa de Steigleder”, nuevamente, el grupo de teatro liderado por Gabriel Fiorito abrió las puertas al reducido número de personas que pueden acceder al espectáculo por razones de espacio, pero, que Fiorito sabe aprovechar poniendo en tabla obras significativas, esas que producen impacto interior, las que mueven a la risa, las que sacuden las emociones.
Pudimos ver la obra “Mamá rompecabezas” del propio Fiorito. Madre e hija mantienen relaciones tóxicas. La hija, más allá de la molesta presencia de la madre carga con otras tensiones. Ambas se destratan, mientras la mujer mayor intenta armar un rompecabezas al que le falta una pieza. La llegada de otra hija dedicada a la música, pone paños fríos a la relación. Distiende. Pero esa madre, no desperdicia su vida en discusiones y se marcha a pasear con una pareja. La hija se queda sola con su carga de angustias y aprovecha para completar el rompecabezas con la pieza que tenía escondida, muestra de una emoción enfermiza. Las dotes actorales de Elizabet Suárez acompañan el desenlace y en ese momento la tensión cae, aunque quedan un sinnúmero de preguntas, para que cada uno se las responda, según su nivel de comprensión. Suárez se compromete con el personaje, el mismo la atraviesa y es en ese posicionamiento el que le permite al público hacerse cargo de los significados. Adriana Garrone y Romina Oliva componen la escena. Se mueven libremente en el espacio asignado y son las responsables de enmarcar una historia que puede suceder en cualquier hogar del mundo.
La segunda obra tiene a Gamero como protagonista y no necesita análisis. Un actor de primer nivel acompaña a Solana Hernández en la obra “Hermanos” de Pablo Albarello. Hay acción en la escena. Dos hermanos se miden y se atacan, pero se buscan en hechos que les conviene. El público necesita resignificar a cada momento lo que la escena le muestra, aunque a veces las reacciones de violencia lo detengan. Los actores saben cómo hacer que el espectador saque conclusiones porque existe acuerdo tácito del público con las reglas del juego dramático y sin aclaraciones, hace que reconozca el mundo que se está representando porque el teatro es una herramienta para comunicar ideas o generar experiencias.

Otro tema es “Análisis en París” de Tato Pavlosky, fuerte monólogo a cargo de Marcelo Ré. La escena discurre yendo de lo más simple a lo más complejo. Ré le pone el cuerpo, sin reparos. Por momentos el espectador se incomoda, pero es la trama monologal que le exige mostrar lo que lo angustia, lo que viene arrastrando desde la niñez y que ahora después de haber descartado todo lo que le produjo dolor, produce la metamorfosis. Saca de la valija la ropa de mujer, celosamente guardada. El hombre sentado cargado de angustias, de resquemores, de dudas, de miedos, es la mujer que parte hacia otro lugar. Ré se acomoda a esos papeles de gran intensidad emocional. Sabe cómo hacerlo. Muy buena obra. Obliga verla una segunda vez.
Y por último, “La Mujer Vaca”, de Ramiro Rodríguez, ya conocida, pero que nunca deja de convocar a la risa, tan necesaria en estos días. Roberto Cerri es un genio en el arte de construir metáforas permanentes mediante un personaje elaborado, capaz de poner al público en escena y por momentos, él, la vaca (un Sergio Gauchat, muy bien elegido para ese rol) y los espectadores son uno, interesados en que esa vaca pueda exponerse en la Rural de Palermo. ¡Magnífica!
La tormenta amenazaba. Densos nubarrones llamaban a guardarnos, pero, ¿quién se resiste al teatro, al arte, al ingenio de un grupo que decidió darle a Sunchales lo que le faltaba: ¡teatro! Que venga piedra o viento, me quedo a disfrutar.
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Griselda Bonafede

