Miércoles de ceniza

El verano sepultó su orgía de calor y los días de carnaval trajeron el alivio, que no alcanzó a ser absoluto porque solo atenuó el agobio, dejándonos disfrutar de los festejos. Sumado a esa circunstancia feliz, el calendario nos presentó la fecha del 14 de febrero, día de especial recogimiento; un Miércoles de Ceniza como inauguración de la Cuaresma, lapso de seis semanas de “penitencia” antes de Pascua.

Quienes peinamos canas y venimos de hábitos anteriores para cruzar y vivir esta etapa como auténtica preparación a través de penitencias para llegar a la celebración de la Pascua, recordamos el cumplimiento de toda la familia según los códigos que nuestras madres nos inculcaban. Aquella actitud común en el pueblo pequeño no quitaba que algunos “descarriados” organizaran actividades “non sanctas” en zonas más recónditas, entusiasmando a los más débiles para el olvido del cumplimiento de las normas. La fiesta litúrgica de un Santo cuya conmemoración cae dentro de este período servía para organizar un baile alejado y no obstante conocido en la región, donde las bestias que hacia la madrugada debían arrimarse al tambo para ofrecer el sustancioso legado de la leche que caería a borbotones en los tachos de la cremería, supieran lo que era “desvelarse” a raíz de la música, el baile, las luces y la diversión humana generalizada.

Una auténtica osadía para la época. Con el correr de los años las consignas fueron suavizando su rigor, pero los devotos católicos saben que cada Miércoles de Ceniza marca un día importante para la Fe cristiana, señalando el tono de la Cuaresma, considerada como un lapso de tiempo donde la Iglesia llama a los fieles a la conversión de la vida. La ceniza que se impone en la frente está hecha de las palmas y ramos bendecidos en el Domingo de Ramos del año anterior. Así se inicia un tiempo de auténtico camino hacia el crecimiento personal, con la oración, el ayuno y la limosna solidaria.

El Diccionario de Manuel Gracia Rivas define: «El Miércoles de Ceniza corresponde al día 40 anterior a la Pascua. Una tradición ya presente en el Antiguo Testamento y que se ha mantenido, como expresión de la condición del hombre que confiesa sus culpas, manifestando su voluntad de conversión. Simbólico en la Biblia es el número 40, presente en los libros del Antiguo Testamento (40 días duró el diluvio, 40 años recorrió el pueblo judío por el desierto en el Éxodo). Influyó la narración evangélica sobre los 40 días que Jesús vivió en el desierto, en oración, ayuno y lucha contra las tentaciones, antes de empezar su anuncio de la Buena Nueva. En la Edad Media, este sentido de preparación exigente pero también dichosa, se relegó al aspecto penitencial: ayuno, privaciones, etc.

También eran las semanas donde los que se denominaban «pecadores públicos» -que por graves pecados fueron excluidos de la comunión- se preparaban para su reconciliación en las celebraciones del Triduo Pascual. “Eres polvo y en polvo te convertirás”: Es una fórmula casi en desuso, pero consiste en dejar morir al «hombre viejo» en situación de pecado para que «resucite el hombre renovado” por el Bautismo en la nueva vida pascual.

El gesto de cubrirnos con ceniza tiene el sentido de reconocer la propia fragilidad y mortalidad, que necesita ser redimida por la misericordia de Dios. Lejos de ser un gesto puramente exterior, la Iglesia lo ha conservado como signo de la actitud del corazón penitente que cada bautizado está llamado a asumir.

La palabra ceniza, que proviene del latín “cinis”, nos representa el producto de la combustión de algo por el fuego. Adoptó un sentido simbólico de muerte y caducidad, pero también de modestia y penitencia. La ceniza, signo de humildad, nos recuerda como cristianos el origen y el fin trascendente del humano, quien no debe vivir apegado a este mundo que es pasajero.

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