Navidad: Engalanar los espacios y también la memoria

Plaza Libertad (Foto: Diego Rosso).

Diciembre. Festividad en las calles. Se prepara Navidad. Este año, en la plaza central y alrededores se han incorporado detalles que ofrecen una imagen nueva. La gente necesita ver renovados los espacios, los paseos. Son mensajes que contagian, alimentan el deseo de repetirlos en los hogares.

Cierto es que, festejamos el nacimiento de un niño que vio la luz en un establo muy pobre y que sus padres eran humildes campesinos, quienes atemorizados por la amenaza de Herodes, huyeron rumbo a Egipto, para salvar a su hijo por nacer y en contraste es el símbolo de amor al que más acudimos, cuando necesitamos mirarnos por dentro.

El nacimiento de Cristo se marcó como el 25 de diciembre, aunque se desconoce si fue realmente esa la fecha. Sea cual hubiere sido, el día que vio la luz y se transformó en estrella, dio lugar para que la historia de la humanidad se estudiara desde un antes y un después de su llegada al mundo.

Podemos o no, ser acérrimos creyentes de lo que explica el Nuevo Testamento. Podemos o no, estar bañados en la fe cristiana, la que transitó más de dos mil años, atravesada por Cismas, deudora de vidas en la “Santa Inquisición”, pero no podemos dejar de aceptar que un niño vino al mundo, destinado a la muerte violenta, y modificó una manera de ver la vida o al menos, mostró el otro rostro con el que se puede vivir.

¿Escribió libros? ¿Se levantó en armas? ¿Fundó pueblos? ¿Reclamó espacios territoriales o de poder? ¿Abrazó la soberbia y se proclamó héroe? ¡No! Nada de eso, ni muchos menos, sin embargo, en su nombre, muchos lo hicieron. En su nombre, levantaron banderas de odio, cuando de su boca solo habían salido sonidos de amor, de paz, de aceptación.

“El que esté libre de culpas que arroje la primera piedra”. “Ámense los unos a los otros”. “Dadle al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios” y tantas otras frases que solo pretendían dejar constancia de una convivencia pacífica. Elijo este texto como modelo máximo: “Habéis oído que se dijo: Amarás a tu prójimo y odiarás a tu enemigo. Pues yo os digo: Amad a vuestros enemigos y rogad por los que os persigan, para que seáis hijos de vuestro Padre celestial, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y llover sobre justos e injustos (Mt 5.43-45)”.

Sus milagros, si los hubo, estuvieron dirigidos a demostrar la otra cara de las adversidades con solo tener fe: la enfermedad y la curación; la vida y la muerte; el hambre y el alimento, la sed y el vino. La mirada estaba puesta en el ser humano necesitado y no en el hombre que requiriera satisfacciones, en el que, abandonado a su suerte, imploraba una ayuda; el que, sumido en la pobreza, le llegara la esperanza.

A ninguno de los reclamantes los exhortó a la venganza, o al enfrentamiento, sino que los instó a mirarse para adentro y buscar en la esencia humana la resolución de su pesar. Tal vez una misión muy difícil para hombres.

Catedral de Milán.

Más allá de todas sus prédicas, fue negado por sus seguidores, entregado por el pueblo judío y muerto en la cruz por los romanos. Por su nombre y bajo su nombre se edificó la Iglesia Cristiana en raras combinaciones: de su pobreza, surgió la riqueza; de su humildad, el poderío; de sus túnicas harapientas, el oro; de su nacimiento en un establo, duomos imponentes de mármoles, basílicas, templos, capillas cargadas de ornamentaciones, etc.

Si es bueno renovarse en detalles para engalanar los espacios, también debiéramos dejar un lugar para admirar los actos del hombre que dio su vida tan solo por mostrar la otra forma de convivir, y ataviar la memoria con su voz.

Griselda Bonafede

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