Semana del 13 al 20 de Mayo de 1917
Preocupaciones por un terreno baldío
Treinta años han pasado, desde que a Sunchales, se le calculaba una población de 2000 habitantes.
Su aspecto edilicio era precario. Si fuéramos a hacer una contrastación de estilo de edificación de aquel entonces, con la moderna construcción actual, tendríamos que tomar como tipo de comparación, las viviendas humildes que se hallan diseminadas por la periferia del radio urbano, para darnos una idea. Así eran casi todos los edificios residenciales y los comercios; sin arquitectura frontal, sin vidrieras y sin aceras en muchos casos, con la mitad de los vidrios rotos o desaparecidos de las aberturas y las calles, tan cubiertas de yuyos, que ni el agua dejaban correr por las cunetas. Nadie tenía interés en arreglar y confortar su casa.
Cuando Don Domingo Ramella, construyó de las cenizas del negocio de Rodríguez, el salón que fue Cine Centenario, aquello pareció algo excepcional: un lujo de desaprensivo capitalista; un negocio condenado al fracaso. Cuando Don Gustavo Caeser levantó su vivienda, con todo el confort moderno de aquella época y los vecinos vieron el baño, asombrados, les pareció estar en un palacio de sibarita. El casco de propiedad de Don Carlos Steigleder, era una morada misteriosa, porque tenía sillones de mimbre y un lujoso comedor.
Si alguien ponía su casa en condiciones más higiénicas, la gente al pasar, exclamaba: ¡Ah, ese tiene plata!
¡Tiempos idos aquellos! Sunchales, hoy, está completamente transformado y modernizado, inclusive los negocios, cuya sección de la Av. Independencia, de noche iluminada, nos da la sensación de un trozo de calle de ciudad.
El afán de entonces, era especular, acumular dinero. Hoy se invierte el capital en un mejor “estandard” de vida sin dejar por eso, de hacerlo evolucionar financieramente.
Entre el fárrago de casas diseminadas por el centro del pueblo, existían muchos terrenos baldíos. Uno de esos terrenos, lo poseía Don Cayetano Ripamonti, donde hoy se hallan el Banco de la Nación y el Cine Avenida, amurallado en toda la media manzana, reservado con fines especulativos. Los periódicos de la época, tronaban contra ese adefesio, campo de yuyales, criadero de toda clase de sabandijas; lugar de concentración de traviesos muchachos que, escalando sus muros a modo de trincheras, jugaban a la guerra europea, arrojándose toda suerte de proyectiles con las consiguientes lesiones y rotura de ropa, desesperación de las madres.
Las opiniones de los vecinos se hallaban divididas al respecto de la utilidad que podría prestar ese lote, harto apetecido por todo el mundo, debido a su posición singularmente estratégica.
Unos bregaban porque el dueño, lo loteara y vendiera; otros porque la comuna lo expropiara jurídicamente e instalara en él sus oficinas; el cura párroco, lo quería para un hospital; los “consiglieri” de la S. Italiana, para construir allí su sede social y un gran salón para funciones públicas. Todos tenían derecho a opinar inclusive un señor Juan Raviolini, que bien pudo llamarse Juan de los Palotes, pues este personaje no existió sino como pseudónimo de un artículo aparecido en esta semana el “El Liberal” de Rafaela, diciendo: “Razones de piramidal importancia, conexas con el espíritu progresista y altruista de esta culta población sunchalense, hago llegar hasta su diario, mi voz, uniéndome a los comentarios que apasionan a los hombres de este pueblo por culpa de la media manzana de Don Cayetano, fundador de la casa Ripamonti e hijos, situada en el centro del égido. No lo quiere vender y más prefiere que sirva de chacra experimental de distintas variedades de yuyos y criadero de especies nuevas de ratas y víboras, antes que ceder un ápice de su superficie para el progreso edilicio. La iglesia donde está, se halla mal ubicada y le diré por qué. Mejor sería trasladarla a ese terreno inculto porque de esa manera, los que van a misa, la verían mejor a la distancia y no se extraviarían en los yuyales, al cruzar la plaza, llegando tarde al santo oficio. Cabe también la escuela del gobierno, que no se sabe por qué, la fueron a poner tan lejos. Don Antonio Ghioni, candidato perpetuo, a la C. de Fomento podría iniciar la expropiación, como vía de apremio por falta de pago de los impuestos, construir allí su casa y la oficina anexa respectiva. El cañón que se pudre en la plaza bien merece estar enclavado en medio del lote, apuntando hacia el norte, punto cardinal de todo hombre progresista… etc. (Corresponsal de “El Liberal”, era el Padre Macana).
Se bromeaba, pero también iba en serio. La verdad era que, los vecinos deseaban ver desaparecer esa rémora que conspiraba contra el progreso edilicio.


