Sunchales del Pasado – 12: Se mete la política (Parte II)

En Sunchales había hombres de acción partidaria que, con los de Rafaela, formaban grupos o núcleos de dirigentes capaces de encaminar la opinión del pueblo, hacia una de las fracciones radicales. De la prensa de aquella época anoto algunos de los hombres más entusiastas. Con Ramón Visconti y Carlos Bonazzola (disidentes) estaban: el Dr. Carmelo Barreiro, Santiago Carabelli, Enrique Visconti, César Patocchi, Ernesto Actis, Aquiles Marchini, Alfredo Bonetto, Luis Tetamanti, Pugliese, Juan Andrés Fernández, Guillermo Grosso, José Lombella (?). De parte de los Irigoyenistas: José Oliva, Francisco Moretto, Pablo Gorosito, Angel Masjoan, Fructuoso Portorreal, Marcelino E. De Micheli, Juan Perucca, José Alvarez, Federico Depetris, Juan Beaupuy, M. F. Giménez, Lamberto Maurer, Carlos Hisgen, José Imboden, Antonio Alvarez y Antonio Terragni (P).

La prensa de entonces, sobre todo la lugareña, no sabía acompañar a estos entusiastas ciudadanos por el sendero de la verdadera política y en lugar de orientarlos, introducía la discordia entre ellos, el encono personal y a veces la calumnia. No sabía la prensa hacer cátedra de I. Cívica; desconocía hasta los mismos principios que decía sostener o defender; no guardaba su independencia y la pluma se vendía al mejor postor, por quien le daba más prebendas, gangas o edictos; desorientaba a la opinión y nadie hablaba, por ejemplo, de la reforma de la Constitución que prestigiaba una de las fracciones radicales, porque de eso, no entendía un comino.

Las columnas de los diarios, periódicos y revistas, se reducían a cuestiones personales; a sacarse el «cuero» como se solía decir. Los títulos y motes que se prodigaban los hombres, agotaban la escala zoológica. Los mismos oradores, desde las tribunas, hacían una mezcla de principios, de difamaciones y dicterios y también porqué no decirlo, de buen humor.

Numerosos recortes poseo de la época en que se hacía política por medio de la prensa y hoy me permito dar a publicidad un trozo de ese «Buen Humor», rogando a mis amigos y a las personas que en él aparecen, no lo tomen a mal, si después de treinta años, los vuelvo a hacer aparecer en letra de molde. Al fin y al cabo, no deja de ser un grato recuerdo del pasado histórico y heroico de Sunchales, el haber sido sinceros dirigentes de las manifestaciones políticas, comulguen hoy o no con los ideales que entonces sustentaban.

Se trataba de la iniciación de la campaña política.

«Cuéntase que bajó un astrónomo a Sunchales con el objeto de estudiar las constelaciones del firmamento político. Andando por la plaza, tropezó con un raigón de eucaliptus e «hipso facto» surgió un cicerone de la época de la conquista, que todo lo sabía, que todo lo palpitaba.

– Olé Sr. Astrónomo, le dijo de sopetón al verlo ¿Qué cosas lo traen por aquí?

– He venido a que me informe, le contestó el astrónomo, cómo anda el firmamento político por este pueblo.

– Verá Ud. si no tiene apuro, le replicó el cicerone, que aquí hay una atmósfera pesada, más que la guerra y encima de ella… ¡rediez! digo, abundan los astros, los planetas, las estrellas, estrellitas y algunos estrellados.

– ¡Bien! ¿Podría Ud. citarme algunos de esos astros o constelaciones?

– Verá Ud. Aquí, ya lo sabe, tenemos la constelación de La Zorra, que es nuestro diputado Ramón Visconti y la Osa Mayor, Don José Lombella, La Zorra, digo, el zorro que lo es más que nadie, amanece temprano; chupetea unos cosos, así como mates amargos y luego sale a recorrer su sistema planetario que abarca La Raquela, El Tacural, El Humberto, La Ataliva, hasta un pueblo de barbados, que Dios los perdonen, pues dicen que clavaron a Cristo. Luego se va a Bicha y a Aldao, volviendo a casa por la noche. La Osa Mayor en cambio, va de un tal Charovsky y termina a las 12 de la noche, en lo de Don Bartolo Cagliero.

(Imagen intervenida con IA).

– ¿Y a qué van por ahí?, le preguntó el astrónomo.

– ¡Y a qué diablos han de ir! Van en busca de las papeletas para votar, hombre.

– Quiere decir, que las elecciones se aproximan. ¡Ya sí!¡Elecciones de gobierno, rediez!

– ¿Y hay algunos otros astros?, inquirióle el astrónomo.

– ¡No tanto, no astros! Aquí brillan titilando estrellitas que parecen apagarse, y ya que ve, siguen con aceite en el candil y parpadean.

– ¿Y quiénes son esas estrellitas?

– ¿Y quiénes han de ser? Don Miguel y Don Ernesto de la zapatería. Y hay una bastante «cachazuda».

– ¿Una estrella cachazuda? ¡No la conozco!

– ¡Sí, pues! Don Almada, el comisario. No brilla hombre; brillan los rateros. ¡Ah!, y tenemos estrellitas negras.

– ¿Negras? ¡No puede ser!

– ¡Sí, hombre! Se ven de día, que de noche no hay ojos que las vean.

– ¿Y quiénes son esas estrellitas negras?

– Don Luis Montemurri y Don J. Ríos ¿No ve?

– Pero, hombre, será por el color de su piel, replicóle el astrónomo.

– Que sea lo que Santiago de mi tierra quiera, pero son estrellas muy buenas para el gobierno.

– ¿Y a propósito?, exclamó el astrónomo. ¿No había por aquí una estrella llamada Don Santiago Carabelli?

– ¡Que sí, y grandota!, respondióle el cicerone. El y Don Lamberto Maurer, desaparecieron por la Vía Láctea. Y otra que le digo, por aquí hay estrellas de oro.

– ¿De oro?

– ¿Y le parece poco luciente la estrella de Don Carlos Boero y de Don Luis Ripamonti? Y ha de saber que, en derredor de Don Carlos gira como satélite máximo Don Américo y a su vez como subsatélite, Don Natalio Frassoni. Y en derredor de Don Luis, va el otro Luis Pochón con Carlitos De Césaris de planeta.

– ¿Todos ellos en favor del gobierno?

– Aquí, se vota siempre por el gobierno, a excepción de los estrellados, que no votan.

– ¿Y quiénes son los estrellados?

– Buen disgusto le dio Don Carlos Girard a Don Pablo Gorosito, quitándole el libro de nacimientos y Almada, sacándole el espadín a Don Antonio Terragni. Y dicen que en Rafaela, hay un astro que da de coces que Dios me libre.

– ¿Que pega coces? ¿Y quién es?

– ¡Don Camilo!

– ¿Qué Camilo?

– ¡Simonetta! Allá, en ese pueblo grande del tranvía a vapor, también hay grandes estrellas. Una que comienza a brillar con la magnitud de primera clase, Don Juan Andrés Fernández y otra que la va a chocar, Don José Oliva. Álvarez, Masjoan, Portorreal, la empujan.

– ¡Ah, pero vea Ud.! exclamó por fin el cicerone. Aquí suelen apagarse de noche, sin previo aviso, centenares de estrellitas que hacen rabiar a todo el mundo.

– ¿Si? ¿Y cuáles son esas luces que se apagan sin previo aviso?

– ¡Bolatiiii…!

(He suprimido algunos párrafos y modificado otros, pues de lo contrario hubiera sido impublicable).

Relacionadas

Ultimas noticias