Tener amigos

La amistad es un equipaje dulce y tierno para llevar a cuestas durante toda la vida, desde la más tierna edad hasta el confín de nuestra existencia. La niñez se solaza en cada día con tierna presencia, para inventar mundos, personajes e imaginar escenas lejanas para traerlas al presente rodeadas de fantasía, inocencia y pureza.

El calendario marca peldaños para subir escaños de vida y madurar las acciones en etapas de adolescencia y juventud. Los sueños, los miedos, los juegos, todo se comparte sin retaceos, con entrega diáfana y sincera. Las mañanas de blancura, páginas y tiza, con el repique de soga en el patio junto a los mágicos eucaliptos; las tardes de encuentros, plaza y confidencias en la brevedad del pueblo bendito, aquel que fue escenario de días fecundos.

El amor, las confidencias, las dudas y el futuro pleno de incertidumbres se comparten e intervienen en los jóvenes corazones. Es tiempo de profesión, trabajo, esfuerzos y guardapolvos blancos, de tiza y cuadernos junto a niños ávidos por el saber, educados para la convivencia; niños de vida pueblerina que jamás nos olvidarán como docentes, como amigas, como conductoras del timón que orientará sus vidas.

El amor, la familia, los hijos serán nuevos faros para iluminar nuestra existencia… ¡Cómo corren los días! Y la amistad consolida los lazos aquellos iniciados en tiempo de niñez e inocencia; se repiten los capítulos trazados en páginas de vida compartida. Los episodios enhebran acciones que no difieren de aquellos vividos; reiteran su vigencia, gracias a Dios.

Y se comparte la soledad con que la existencia remata lo que en un tiempo no tan distante fue reunión, grupo, o junto de episodios estrechamente compartidos. Pero luego todo retorna, enlaza y con fuerza restablece la firmeza de una realidad sanadora que incluye la amistad como habitante saludable.

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