La inacción a veces es anhelada cuando el ser humano se halla inmerso en una saturación de actividades encadenadas e intensas. Se aspira un cese normal, un espacio para el descanso, una oportunidad de cambio para reponer energías y encauzar nuevamente la acción en el trabajo y las responsabilidades diarias. Surgen así las vacaciones, derecho adquirido por los alumnos, los obreros, los científicos, todos los individuos que forman la cadena productiva de un país y a través de sus actuaciones conforman el PBI, Producto Bruto Interno definido como el valor total de los bienes y servicios producidos en un país durante un período de tiempo determinado.
Al final del camino emerge la jubilación, acto administrativo por el cual un trabajador activo pasa a una situación pasiva o de inactividad laboral, tras haber alcanzado la edad establecida por la reglamentación vigente en cada país. En hebreo, lengua bíblica, la palabra “Yobel” designaba el cuerno de carnero que sonaba ante cualquier acontecimiento, y según ese suceso era el sonido: triunfo o pérdida en la guerra, nacimiento del hijo del Rey, peligro inminente o muerte. La palabra “Jubileo” está asociada con el gozo y la alegría sencillamente, con Júbilo, aunque en los orígenes no era así. Fue San Jerónimo quien latinizó la palabra y la pasó a la Sagrada Escritura como “Jubilum” (júbilo) que originalmente expresaba el grito de alegría de los pastores, después simplemente alegría, dicha y esperanza.
Se enfrenta de distintas maneras ese tiempo posterior después de tanta acción, horarios y reglamentos. Hay quienes directamente hacen del ocio una consagración, lo abordan y se apoderan de todos sus beneficios. Es decir, pasan a ser Clase Pasiva con todas sus letras. Un desquite, quizás, después de tamaña entrega.
Y están aquellos que eligen otros escenarios para volcar las energías que aún conservan; continúan sintiéndose útiles y derraman sus experiencias en ámbitos diversos de la comunidad porque interpretan que la ciudad requiere de espíritus colaboradores y dispuestos, ofreciendo una multiplicidad de acciones, según las capacidades adquiridas a lo largo de su larga y productiva vida.
Ahora bien, la reclusión obligada, si bien es necesaria ante la amenaza de una pandemia, transporta el ocio hacia un encierro de cuatro paredes. Probablemente, ni aquel que se abocó a la pasividad por elección sentirá que la misma es beneficiosa, ya que antes experimentaba el contacto social, la libertad de cruzar las calles de su ciudad, el esparcimiento sano de caminar sin culpas.
Y los de carácter vital, con bríos suficientes para potenciar actos externos y eficaces; aquellos con dinamismo acentuado que sienten aún bullir el ímpetu en sus venas… ¿cómo encauzan la vida diaria en el claustro impuesto? La cordura exige el cumplimiento estricto porque así lo aconsejan los experimentados y lo imponen los gobernantes como resguardo de los habitantes, especialmente los del “Jubilum”.
Y entonces surgen los recursos, están al alcance de la mano y no permiten la monotonía. “Dime cómo te entretienes y te diré quién eres”, afirmaba Ortega y Gasset, filósofo español. Especialmente la mujer con sus manos de artesana y la pluralidad de actividades en una casa, puede explayarse y hallar donde invertir tantas horas de clausura. “El que conoce el arte de vivir consigo mismo ignora el aburrimiento”, escribió Erasmo de Rotterdam, filósofo y teólogo, también español.
La madurez es el equilibrio de vivir en paz con situaciones externas que no podemos cambiar. Significa paciencia. Una persona madura es eficaz: tiene propósitos y objetivos, no puede darse el lujo de perder el tiempo. Y posee la capacidad de enfrentarse a la adversidad.

