Un minuto para leer el anillo

Ilustración: Rafaela López Bravo (Hola Combo – Estudio creativo).

Trataré de resumir un cuento popular anónimo donde se relata la historia de un rey empeñado en tener un anillo con un diamante en cuyo interior pudiera contener un mensaje breve que le sirviera para enfrentar tiempos difíciles de esos que no faltan en los reinados. Los sabios y eruditos opinaron, pero fue un sirviente de su confianza quien le resumió su contenido en pocas palabras, un mensaje que le había dejado un viejo maestro de palacio agradecido por sus atenciones. Le recomendó que solo lo leyera cuando él o su reino se vieran en gran peligro o bien cuando estuviera pletórico de felicidad.

Un día, el rey se encontró perseguido por enemigos, acorralado y a punto de perder trono y poder; cabalgaba raudamente y entendió que era el momento en que debía acudir al mensaje del anillo. Tomó un atajo y se detuvo a leerlo; abrió el anillo y tres palabras aparecieron: “Esto también pasará”. Después de la lectura, una paz interior lo invadió y el silencio se apoderó del lugar. Ya nadie lo perseguía. Reordenó las tropas y volvió al reino feliz por su gloria.

Eufórico, el rey agradeció al sirviente y comenzó a festejar con alegría con todos sus súbditos. Entonces, el sirviente se le acercó y le recordó que debía volver a leer el anillo, porque las palabras eran para momentos malos y buenos. Se apresuró el rey a leer el escueto mensaje: “Esto también pasará”. Volvió a sentir el mismo silencio y la misma paz de la vez anterior, pero le ocurrió algo importante: el ego se había esfumado.

El cuento tiene algunas connotaciones; en primer lugar, muestra la importancia de mantener el equilibrio frente a las vicisitudes de la vida. A todos nos ocurren cosas buenas y malas; somos parte de la dualidad de la naturaleza; el día y la noche; calor y frío; fuego y agua; cielo y tierra. Nosotros vibramos con alegrías y tristezas; temores y arrojos, risas y llantos; emoción y calma. Nadie puede eludirlas, pero sí podemos sentirlas y atesorar cada una de ellas. Es valioso sostener un carácter ecuánime en el camino de la existencia que a veces se presenta llano y otras, escabroso o sinuoso.

Otra connotación es demostrar que el humano es egocéntrico y pretende ponerse en el centro de los éxitos. Dentro de los seres vivientes, se considera privilegiado y supremo, tal vez, por el mensaje bíblico de “Dios lo hizo a imagen y semejanza”, aspira a vivir de manera divina en la tierra. Se ha empoderado sobre el resto. Esto desata su egocentrismo, vale decir, se instala en la cima de la pirámide en virtud de su desarrollo mental; pretende lo mejor para sí sin interrupciones.

Por esa forma de ser, los humanos tendemos a creer que lo malo no nos tocará porque solo podemos recibir lo bello, lo bueno y gratificante. La soberbia innata hace que, a la llegada de lo negativo, nos rebelemos. Renegamos ante la adversidad y buscamos infructuosamente al repartidor de males a nuestro entender, injusto y arbitrario. Olvidamos los momentos buenos, dadivosos que hemos disfrutado. Es decir, que cuando saboreamos los momentos agradables, no se nos ocurre leer el mensaje del anillo.

Ahora mismo, una pandemia devasta el mundo. Naturaleza y hombre se enfrentan. El virus muta, se propaga, se encoleriza, mata. Ha desatado un infierno entre humanos. Las agitaciones se manifiestan en todos los sentidos. Nos molestan las limitaciones, desvalorizamos lo conseguido, exigimos, transgredimos en nombre de los derechos mientras seres queridos se van sin que podamos despedirlos con un abrazo. El virus ignora los derechos.

El equilibrio se pierde en la medida que el ego se agiganta. No entendemos por qué nosotros, humanos poderosos, no podemos dominar un virus. El hombre no puede creer lo que ocurre en tanto el virus redobla la apuesta y gana.

Es tiempo de calmar los ánimos, de unirnos en el sonido del mundo. Nadie está a salvo. Nos necesitamos mutuamente. Las obsesiones no ayudan; nuestra segura humanidad se ha tornado vulnerable. Es en estos momentos donde necesitamos detenernos, tomar un atajo, y leer el mensaje del anillo. Somos lo suficientemente inteligentes para entrar en sosiego, aplacar el ego y dejar hablar al alma. No tenemos una joya de diamantes con mensaje en el interior, pero en nuestro interior tenemos el tesoro inagotable de la vida con sus experiencias y ella nos está diciendo. “Esto también pasará”.

Salud para todos. Es momento de paz.

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