Un accidente representa una contrariedad, un percance impensado, vicisitud que todos preferiríamos no afrontar, pero la vida nos ubica frente a circunstancias imprevistas, a veces de difícil solución y otras, de fácil alcance cuando los procedimientos son correctos, encarados por personas e instituciones responsables y comprometidas.
En la noche del sábado 26 de febrero, madrugada del domingo 27, lo sorpresivo de una contrariedad e infortunio nos puso frente a la aflicción de soportar en plena ruta la rotura de una cubierta trasera que desmoronó las ansiadas vacaciones en Mar del Plata, organizadas por la Asociación de Jubilados y Pensionados de Sancor Seguros (AJUPPES) con sede en Sunchales, Provincia de Santa Fe.
La Providencia nos ubicó frente a una población de 6000 habitantes para que allí pudiéramos tener el contacto con el SAMCO y el CUERPO DE BOMBEROS VOLUNTARIOS. De estos últimos recibimos el comentario de que estaban disfrutando de una fiesta sabatina y, prestos para cumplir con el deber, allí estuvieron de inmediato, regalándonos sus sonrisas, sus brazos protectores y la idoneidad de la cual son dueños absolutos.
También el personal del SAMCO de Cañada Rosquín, con la presencia de enfermeros, enfermeras y el médico a cargo desplegó, dentro de sus disponibilidades, las herramientas con las cuales pueden hacer frente a los primeros auxilios. Es decir, una amalgama de destrezas, capacidades y magnitudes con que pueden contar en las poblaciones pequeñas.
Pero de todo ese bagaje técnico, ese volumen de aparatos o métodos primarios de la salud emerge, con preponderancia, la calidad humana de quienes manejan o encaran la atención de los involucrados en el accidente. Según mi concepto de larga data, lograda con años de existencia, las actitudes de los pueblos es humanitaria, condescendiente, distinta a la que podríamos hallar en un gran ciudad, acostumbrada a estas vicisitudes diarias.
Crecí en un pueblo aún menor y reconozco esa ambición sincera y profunda por ayudar al prójimo, solucionar sus problemas momentáneos y en todo momento actuar con calidad moral, compenetrados totalmente en la problemática ajena, que pasa a ser como propia tratando de reducir los contratiempos, siempre con vocabulario amable y hasta cariñoso, infundiendo ánimo y sosegando para aplacar la angustia del momento.
Esas características se desprendieron en cada momento de la actuación de enfermería, médico, bomberos voluntarios; todas las virtudes humanas afloraron en esa Cañada Rosquín que yo no conocía (únicamente por nombre y ubicación en la cartografía). Por lo tanto, el percance aminoró su magnitud para transformarse en una circunstancia más para incluir en el anecdotario de nuestra existencia.
Y los derivados al Hospital de Rafaela pudimos conocer y valorar a Julieta Demarchi, joven radióloga que allí cumplía dignamente su guardia de un sábado para atendernos con afecto como sunchalense, disminuyendo nuestro desasosiego con su simpatía, calidez y eficiencia.
Pero un apretón de manos, un saludo, un «gracias» sería escasa retribución ante todo el despliegue de calidad humana con que nos obsequiaron en ambos lugares. Vaya esta valoración escrita, profunda y sincera, para dejar constancia adjudicando el mérito real que se han granjeado.
Afirmaba el filósofo: “Solamente un exceso es recomendable en el mundo: el exceso de gratitud” (Jean de la Bruyère) y vamos a cometerlo, aunque en nuestra situación representa solamente una mínima y justa retribución ante todo lo recibido.

