Vidas que nos roban

Perder a un ser querido, cercano, cuando aún quedan proyectos, sueños incumplidos, acciones por concretar, compañías necesarias, carcajadas por desgranar y todas las facetas que un ser humano podría esculpir, nos lacera los corazones y produce rebeldías. Si bien suele afirmarse que la muerte es el comienzo de la inmortalidad porque cada historia quedará presente en el cosmos para aquellos que han rodeado a quien nos abandona, duele con su carga de soledad, origina interpelaciones sin réplicas y nos perturba el ánimo.

Quizás sea como la potencia de un rayo de sol que toca la carne y despierta el alma. Así lo siento cuando pienso en mi madre y otros seres queridos que me abandonaron en forma física y presencial pero están en la casa, en el jardín, en cada lugar que recorro. Me acompañan en mi peregrinación por las etapas que aún transito con alegría de vivir, nutrida con recuerdos felices de tiempos destronados pero que perviven con la fuerza de su recuerdo.

Se lee en alguna página sabia: “La muerte hace ángeles de todos nosotros y nos da alas donde antes solo teníamos hombros; una hermosa metáfora que transforma quizás en pájaros, quizás en ángeles a aquellos que inician la travesía que será definitiva. El equipaje dejado gravita sobre quienes quedamos aquí, aferrados a la necesidad de consuelo. Se adhiere a nuestra piel, penetra en los sentidos, nos viste y escolta, nos reconforta en la desdicha y fortalece nuestras alegrías. Maravilloso legado, herencia inmaterial que sustenta mayor riqueza que todo lo tangible.

Lógicas son las vorágines de preguntas sin respuestas y la congoja como si nos hubieran robado, quitándonos una presencia trascendente. Pero el mágico factor del tiempo – que no permite el olvido – suaviza con lentitud y dulcemente nuestros pesares, armonizando el pasado con el presente. Nada se diluye, solo aplaca su potencia y calma como lenitivo natural que suma día tras día, año tras año. El bagaje de luz dejado en este sitio terrenal tendrá la arquitectura sólida y necesaria para determinar el andamiaje de la valoración y la remembranza.

“Planta tus propios jardines y decora tu alma, en lugar de que alguien te lleve flores”, afirmaba nuestro genial Borges. Los hábitos adquiridos a través de nuestros padres y en otro ciclo de la vida, allá en lontananza, prevalecen y definen nuestras conductas, muchas cambiadas en el presente por gente más joven o adultos que las prefieren, mientras una mayoría sigue eligiendo el Huerto del Señor para visitar periódicamente y depositar la ofrenda de sus flores. Será una cita, un aniversario, un pedido de acompañamiento, una confesión, una súplica, en definitiva, un lugar que permite el reencuentro. Como antes.

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