Se celebra en esta fecha debido a la firma de un Tratado de Paz firmado entre el Teniente Coronel Manuel J. Olascoaga, por parte del Gobierno, y los Caciques Cayupan y Huenchugner.
El artículo 1° decía: “Queda convenido que habrá por siempre paz y amistad entre los pueblos cristianos de la República Argentina y las tribus Ranquelinas que por este convenio prometen fiel obediencia al Gobierno y fidelidad a la Nación de que hacen parte y el Gobierno por su parte les concede protección paternal.”
Demás está decir que este tratado duró muy poco. “La Campaña al Desierto” emprendida por el presidente Julio Argentino Roca, a partir de ese mismo año y continuada hasta terminar con los indígenas de la Patagonia, dio por tierra con él. La “protección paternal”, llegó a su fin. Fácil de entender. El rechazo estaba explícito antes de firmar. La palabra paternal ponía al indio en un lugar inferior. El enfrentamiento jamás acabaría. El padre cortaría su protección cuando quisiera.
¿Por qué nunca pudieron encontrar el punto que los uniera si la sociedad ya estaba poblada de mestizos? La pregunta no es retórica, tiene su respuesta en la intencionalidad obsesiva de los conquistadores de invisibilizar y subordinar a la clase que ellos mismos habían gestado: el mestizaje. Para la iglesia, el mestizaje era sinónimo de bastardía.
El español tomaba mujeres indias como tomar un objeto y éstas se entregaban dóciles a sus ídolos, hombres vestidos, hermosos…
“El Inca Garcilazo escribió: ”(…) en aquellos principios, viendo los indios alguna india parida de español, toda la parentela se juntaba a servir al español, como a un ídolo porque había emparentado con ellos. Y así fueron estos tales de muchos socorros en la conquista de Indias”. De modo que los primeros hogares de la América hispana fueron mestizos.

Hoy sabemos que la influencia mestiza fue profunda y evidente en múltiples dimensiones: en la lengua, las tradiciones, la gastronomía, la música, la religiosidad popular y las prácticas cotidianas de la sociedad argentina. El 30% o el 56% de los argentinos tiene al menos un ancestro indígena, sin embargo, fueron olvidados sus nombres, y ocultada su historia.
Nuestra ciudad que, como todos los pueblos de América, tuvo en su territorio, habitantes aborígenes, no tiene un espacio que los recuerde. Es la historia y debiera estar explícita en sus calles.
La Campaña al Desierto diezmó por completo la raza autóctona y sus reclamos fueron desoídos, mientras marginaban sus pueblos y les quitaban territorio.
La Constitución reformada de 1994, conoció la preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas argentinos; garantizó el respeto a su identidad y el derecho a una educación bilingüe e intercultural, entre otros. Con la Ley 23302 se crea el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas (INAI) con el propósito de asegurar el ejercicio de la plena ciudadanía a los integrantes de los pueblos indígenas, garantizando el cumplimiento de los derechos consagrados constitucionalmente (Art. 75, Inc. 17).
Pero, en el año 2025, el actual gobierno nacional convirtió al Instituto Nacional de Asuntos Indígenas en una unidad dependiente de la Vicejefatura de Gabinete, eliminando su autonomía institucional. Esta decisión se enmarca en un contexto de creciente desprotección legal y avance de intereses extractivistas sobre sus territorios. Otra vez el pueblo aborigen fue dejado de lado. Su voz se va apagando.
A 148 años de aquel Tratado de Paz, a sabiendas de que los sudores, las pasiones y los humores fueron más fuertes que las leyes, el nombre de los nativos se oculta, se evade, se lo pasa por alto. Esa es la primera dicotomía histórica que no hemos resuelto los pueblos latinoamericanos. Sería cuestión de dar un paso, abrazar una obra capaz de ensamblar lo vernáculo con lo nuevo y hacer la Patria que queremos.
Griselda Bonafede

