El idioma nacional, un tesoro antiguo y valioso

El idioma es un elemento representativo de cada país. Las naciones definen su uso de acuerdo con las bases culturales. Puede que se establezca en la Constitución o no, pero el hecho de que las leyes se redacten en el idioma escogido se da por entendida la obligación de su uso, por lo cual el Estado – Nación tiene una base lingüística exclusiva y todo lo inherente a su dominio se dictará en lengua oficial. La educación es un ejemplo.

Argentina no lo ha definido en la Carta Magna, pero existe una ley, llamada Ley del Idioma (2004) que establece las normas pertinentes imponiendo la obligación de su uso en los estamentos del estado y en la educación en todos sus niveles y modalidades, sean oficiales o privados. También dispone difundir y actualizar acuerdos que produzcan las instituciones rectoras, la Real Academia Española es una de ellas.

Nuestro idioma español proviene del antiguo latín impuesto por los romanos cuando invadieron la península ibérica (Portugal, España, Principado de Andorra y el territorio británico de Gibraltar). Ese latín transformado paulatinamente, tenía dos acepciones: el latín literario y el latín vulgar usado por el pueblo. Será este último el que se unirá a las lenguas nativas y dará lugar a las Lenguas Romances. Ellas son: castellano, francés, catalán, rumano, portugués e italiano.

El castellano, adoptado en España, tuvo que sumar, por sucesivas invasiones, la incorporación de léxicos de origen germánico y de origen árabe. Se nutrió, de este modo, de un sinnúmero de vocablos de gran riqueza expresiva.

Los Reyes Católicos impusieron en 1492 el idioma español en todos sus territorios coincidiendo con la llegada de Colón a América. Por dominar este nuevo espacio, España debió, a su vez, incorporar palabras desconocidas para la metrópoli como: cacao, tomate, poncho, etc., pero descartó la lengua de los nativos y los obligó a hablar castellano.

En Argentina, la llegada de inmigrantes, dará lugar, más tarde, al nacimiento del lunfardo, una jerga creada por delincuentes que tomaban palabras de las lenguas que hablaban los extranjeros y las adaptaban para comunicaciones personales; muchos términos de esta jerga forman parte hoy de la lengua coloquial, a punto tal que las encontramos en el vocabulario de cualquier argentino (guita, mina, pibe, catrera, bagayo, changa, facha, etc.).

Es un instrumento social; solo el ser humano produce voces, que, a la vez, se van desgastando con el tiempo. Las lenguas evolucionan, no son eternas y pueden morir, pero, deben ser guardadas como acervo cultural de la Humanidad. Esto no amerita que se descuide su buen uso.

Si bien se dice que el idioma francés es el más bonito, por ser suave, fluido, elegante y estéticamente agradable y que el italiano es el lenguaje corporal más encantador por cantarín y por su gesticulación apasionada en ciertas situaciones o expresiones, sigo pensando que nuestra lengua es hermosa. Posee un sinnúmero de adjetivos para agraciar un discurso. Es justo que se la llame: La lengua de Cervantes.

Miguel de Cervantes, obra de Robert Smirke (Imagen: Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes).

En homenaje a la figura de Miguel de Cervantes Saavedra (1547 – 1616), el 23 de abril se celebra el Día del Idioma Español. Cervantes, es el autor de Don Quijote de la Mancha, obra cumbre de la literatura universal. En ella, empleó casi 23.000 palabras diferentes.

La Real Academia Española (R.A.E) va incorporando términos foráneos que engrosan las páginas del diccionario, pero a su vez, la sociedad, por su cuenta, incorpora modismos, giros idiomáticos, cambios de léxicos que, contrariamente, contribuyen a la pérdida de la pureza del idioma. De todos modos, no hay que desesperar porque paralelamente, miles de personas se ocupan de embellecer su discurso y hablar de manera fluida con un vocabulario nutrido, seguramente alimentado por la lectura, cuenco donde protegernos de las sombras del desconocimiento.

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Griselda Bonafede

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