El fenómeno climático “El Niño”: Nueva amenaza para Sunchales

El fenómeno de El Niño es un patrón climático natural que afecta periódicamente a varias regiones del mundo, especialmente en la región del Pacífico tropical. Se caracteriza por un calentamiento inusual de las aguas superficiales del océano Pacífico ecuatorial, que tiene importantes repercusiones en el clima y el medio ambiente a nivel global.

El nombre «El Niño» proviene del término español que significa «El Niño Jesús», ya que este fenómeno suele ocurrir durante la época navideña. Sus consecuencias pueden ser las inundaciones o grandes sequías.

En la provincia de Santa Fe funcionarios del estado, tal como corresponde a sus roles, se pusieron en alerta para enfrentar la llegada de este “Niño” que puede ocasionar tanta tristeza y destrucción en las poblaciones.

Para eso está implementando un plan integral, que incluye obras hídricas, protocolos de emergencia y toda acción que permita anticipar la llegada de lluvias extraordinarias y sus consecuentes desastres. Nuestro municipio, paralelamente, está aplicando un plan preventivo con limpieza de canales, revisión del sistema pluvial y protocolos de protección civil.

Quienes sufrimos inundaciones celebramos este compromiso a sabiendas de que un canal cargado de basura, una zanja cubierta de malezas, una alcantarilla rota, impide el paso natural del agua, cuando ésta llega dispuesta a llevarse todo por delante. Pide paso y hay que dárselo; que corra, que fluya sin encontrar obstáculos.

Cuando no puede drenar y ya no puede ser absorbida, cuando llueve y llueve, el líquido preciado, se torna cruel enemigo de los barrios que se construyeron en lugares más bajos. La gente reclama bolsas de arena para evitar la entrada del enemigo. Levanta cordones frente de las puertas, pero el agua brota del piso, impide el uso de sanitarios… Quien no lo vivió, no puede imaginárselo.

Inundación en Sunchales, 12 de marzo de 1977 (Museo y Archivo Histórico Municipal).

La muy taimada siempre llega de noche y se anticipa con sonidos y olores de río. Quisiera que nadie tuviera la experiencia de levantarse una mañana y poner los pies en el agua. El líquido no es ruidoso y como una culebra entra silenciosa o brota sutil; se adueña del espacio. Es una sensación de desequilibrio. La tierra ha dejado de ser firme. ¡Cuánta angustia!

La zozobra y la impotencia se apodera de los vecinos. Tratan de ayudarse entre sí. Levantan los muebles con ladrillos – si es que se cuenta con ellos-. Los ánimos se exaltan. Cuando el agua ha entrado conviene no quedarse en la casa porque caminar sobre ese improvisado río, traería problemas mayores. Pero, se lucha hasta el final y suele quedarse una persona para evitar la llegada de “visitas” oportunistas.

No faltan los “turistas” que, con actitud curiosa, se acercan a observar al espectáculo inédito a sus ojos. Con los coches producen olas que aligeran la entrada de agua en las casas y es en esos momentos, donde hasta el más pacífico vecino, se descontrola. Así pasan los días hasta que la naturaleza define que las aguas bajen.

Cuando los medios anuncian que el agua se va marchando y las calles se liberan, todos se olvidan de los damnificados. Su casa ha quedado sucia, los muros húmedos, sus muebles chirriantes, pero agachan la cabeza y siguen. Tendrán que revestir paredes o cambiar las maderas dañadas esperanzados en que otra vez no pasará, mejorarán las salidas de agua, hasta cambiarán los pisos, si se estropearon si es que pueden… Algunos privilegiados marcharán a vivir a lugares altos. Hay que volver a empezar…

A quienes le llega el agua a la casa, no les interesa qué están haciendo las autoridades en ese momento. No quieren escucharlos. Solo ven su vivienda y sus esfuerzos de años, deteriorados por la visita no querida: la inundación.

Están cansados, desilusionados y enojados. Sus emociones son difíciles de describir, pero no son agradables. Las palabras que puedan dirigir los gobernantes en esos días no son bien recibidas. Cuando retomen las tareas habituales, aún con desazón en el pecho no faltará algún despistado que le pregunte: ¿Estuviste inundado? Y esa pregunta marcará la diferencia. Diferencias que, se muestran permanentemente en las sociedades, pero que revelan las oportunidades que pueden o no tener los habitantes de una comunidad. En este caso vivir en lugar alto.

Bienvenido sea el anticipo de acciones para evitar inundaciones o al menos menguar su embestida, porque los cambios climáticos no pueden detenerse, pero una comunidad organizada puede evitar las consecuencias del desborde de aguas que no encuentran cauces por donde transitar. Los vecinos tenemos la obligación de velar por canales limpios, los zanjones sin basura… Todos juntos podemos. El agua no pide permiso y Sunchales ya tuvo muchas experiencias.

Griselda Bonafede

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