Los días del almanaque 2026 van quedando atrás. Cuando la nómina de meses abandona lapsos de gélido arrebato y en el calendario quedan esfumadas hasta la próxima agenda helada, suspiramos recibiendo al mejor período en la nómina del anuario.
Septiembre contiene una resonancia más dulce, más suave, como insignia de cambio y símbolo alegórico. Emblema de vida, ícono de luz, alegoría sensible, el calendario se viste de colores vibrantes, sonidos jubilosos de pájaros con gorjeos y suavidad de brisas que divagan entre los senderos del jardín.
Gocé de ese panorama viviente en la infancia con amplitud de pueblo y me deleito en la ciudad con holgura de florecidos canteros que rodean el amplio patio merecedor de mi dedicación brotada desde un eterno amor por la naturaleza.
Es la conducta que heredé de mi padre, persiguiendo e imitando su trabajo en la magnífica huerta y en la pasión dedicada a las flores que, justamente, año tras año florecían en noviembre. Ellas sabían que las necesitábamos en un pueblo sin florerías, cuando llegara el hábito del sitio sacramental para depositar la ofrenda floral dedicada a nuestra querida y añorada familia ausente.
La primavera y luego las vacaciones. Meses de colores, sonidos y sensaciones diferentes, merecedores del reconocimiento, algo que sentimos pero tiene más fuerza al dejarlo por escrito, para que mayor número de lectores se sienta consustanciado.
Otra vez es septiembre, noveno año del calendario, lo que nos produce la incisión en el largo recorrido natural del anuario. Un afortunado florecimiento cotidiano que nos provoca siempre un especial esplendor, renacer, lucimiento, restitución y también renovación.
Abrimos los brazos en actitud repetida y nos sumergimos, gozosos, en los atributos de este florecer. Una lozanía que nos ayuda a vivir, nos enriquece, borra nuestros grises y nos ubica de frente al mañana pleno de luz. Precisamente, cuando llega septiembre.


