02 – En busca de las pascanas

Libro declarado de Interés Cultural por parte del Concejo Deliberante en el año 2011.

Oí contar infinidad de historias entre mis paredes. Por ejemplo, que Juan de Garay salió allá por 1573 de Asunción del Paraguay con 80 hombres, mancebos, un bergantín, seis canoas, unos pocos caballos y algunos elementos obtenidos de manos del gobernador de aquel lugar. Don Juan llegó a la zona de Quiloazas, en un brazo del Paraná, y allí fundó Santa Fe de la Vera Cruz, en noviembre de ese mismo año.

Así, nada más y nada menos, comenzó la historia de esta región ¿Y cómo era el acto de “fundar”? Pues, se redactaba un acta y se trazaban los límites imaginarios hacia los cuatro puntos cardinales. Muchos pueblos se han quedado sin constancia de un hecho tan importante. Repito. Todo lo oí contar. Hombres que nacieron después, recogían los relatos y en reuniones de paisanos o vecinos hablaban sobre estos temas. La transmisión oral sirve como testimonio a través de los siglos, ¡vaya si sirve!

¡Pero por la frontera cordobesa hubo litigios! Las cuestiones por límites siempre fueron un tema en este país. Se apoderaron del Fortín de Los Morteros y de la avanzada de Tacurales. ¿Cuáles fueron los argumentos? El alegato decía que Santa Fe no “cuidaba” la frontera de los indios y estos se dedicaban a “vacar” en territorio cordobés, cometiendo atropellos.

Así fue, efectivamente, como Los Morteros quedó en otra jurisdicción, incluyendo Quebracho Herrado.

¿Y ustedes conocen cómo vivían aquellos hombres llegados con Juan de Garay y multiplicados aquí a través del contacto con las nativas? Los hijos de españoles nacidos en América pasarían a llamarse “criollos”, como todos Uds. Saben ya, seguramente. Por un lado, los beneficios. Las tierras vírgenes, fértiles, buenas aguadas, montes provistos de leña, pesca considerable, pastos excelentes, un clima apacible. Hasta ahí, todo bien.

Pero las carencias también hacían sentir su peso: la falta de telas y géneros demoraron la vestimenta; fusiles, plomo, pólvora, herramientas y el hierro; el hierro para fabricar carretas y embarcaciones; las herramientas y utensilios de la vida cotidiana. ¿Y qué era lo que más extrañaban? Pues… ¡el vino! ¡¡Alguna bodega, por favor!!

Todo se debía traer de España o de las ciudades que iban fundando; en el norte, en Chile, Santiago del Estero, Mendoza. Pero las desventuras traen como contrapartida algún rédito, alguna luz de esperanza.

¡Claro! Porque así fue, debido a esta necesidad, fueron apareciendo los caminos. De Córdoba a Tucumán… ¡demasiado largo, por Dios!, así que se buscaron nuevas rutas. Algunas, hasta se atrevieron a cruzar el gran desierto verde, el Chaco santafesino, que por las sequías quedaban desprovistos los ríos y lagunas ¡Cuántos contratiempos!

Las carretas, la gente armada, los chasques, todos sin excepción, debían atravesar el territorio. Las diligencias debían llegar en su recorrido hasta Santiago, Tucumán, Salta y aún Potosí… el peligro al que se enfrentaban se veía peor que el encuentro con los indios.

Foto tomada en 1905 perteneciente a Luis Morra. Familia Morra – Gariboglio (Museo Municipal).

Los vecinos de Santa Fe salían para comerciar con otras ciudades y vender ganado, proveerse de víveres, cueros y sebo para las velas; así que partían en tropa con sus carretas, reservas y armas. Pero… ¡estaba el problema de la falta de aguadas!

Por ese motivo eran infaltables as palas para cavar pozos. Se aseguraban de que tendrían agua, tanto de ida como de regreso; elemento esencial para la sobrevivencia.

Pozo Redondo era mencionado por el Padre Jesuita Parras; Los Porongos se citaron a comienzos del siglo XVIII, pero no habrá constancia de quiénes los cavaron. ¡Qué pena! Son datos que se llevan las sombras de la historia si los hombres no dejan testimonios. Tal vez, porque cavar un pozo a la vera del camino pasó a ser un acto común, brotado de la necesidad. Años después se hará referencia a los pozos de Sunchales, donde paraban las carretas “por tener varias pascanas de agua potable”.

Les voy a explicar. No sé si Uds. Lo saben ya, pero el término “pascana” deriva del quechua “paskána”, y significa “parada o etapa en un viaje”. Precisamente cuando se hacía esta cita, allá por 1780, se hablaba de un “pueblo con 500 habitantes”. Estaban hablando ya de Sunchales.

Acostumbrados a las comunidades del mundo moderno, ¿son capaces Uds. de imaginar cómo se seguía la ruta de Santa Fe a Santiago del Estero?

-¡Pobres hombres! -escuché muchas veces decir, refiriéndose a las vicisitudes afrontadas para recorrer tamañas distancias.

Se cruzaba el Río Salado por el paso del Catalán, cercano a Santo Tomé. Se llegaba al pago de Los Chañares y luego se iba por los campos de Iriondo hasta el Fortín Echagüe; luego se cruzaba el arroyo Las Prusianas hasta el Fortín con el mismo nombre y desde ahí por los Fortines de Corrales y Ramírez, para arribar a la Virreyna.

– ¡Qué viaje largo, por Dios!

¡Y qué era la Virreyna? ¡pues nada menos que lo llamado más tarde Los Sunchales o Capilla de los Unchales!

De aquí, se cruzaba por Tacurales, Morteros, Los Porongos, Concepción de Abipones de Salavina (reducción fundada por los jesuitas) y al fin… ¡Santiago del Estero”, la meta buscada.

Imaginemos por un momento. Imaginen ustedes, acostumbrados a las comodidades de hoy, cómo eran estos caminos y lo arriesgado de la travesía.

Relacionadas

Ultimas noticias